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Asumamos técnicas para vivir mejor en comunidad

Este mundo nuestro, con sus prisas y visión individualista, que nos salpica, nos condiciona, nos amaestra para el “Yo”. ¡Uf! Juan Pablo II en la Evangelium vital ha acuñado el término “cultura de la muerte” para resumir todas aquellas tendencias egoístas que impregnan nuestra civilización.

Es posible que esta cultura de la muerte esté metida en nuestra comunidades, nuestros grupos, movimientos y hasta en nuestras familias.

Del otro lado la vida en comunidad. Intentar ser uno con los otros. Suena bonito, pero qué difícil es, ¿verdad?

Dios en el centro

Las ciencias humanas tratan de traducir esto de “vivir en comunidad” y nos dan reglas y tratados.

La salud mental, las técnicas de las relaciones humanas, los mecanismos psicológicos o de otras ciencias o valores, tratarán de dar una explicación a la vida de comunidad.

En realidad, debemos entender la comunidad como un don de Dios. Con esto en mente podemos esbozar un itinerario para mejorar nuestras relaciones interpersonales, tanto en casa como en la escuela, el grupo y la parroquia.

En comunidad no hay manera de ignorar los obstáculos y las dificultades, porque vivimos, trabajamos, estudiamos y nos desenvolvemos espiritualmente juntos, todo el tiempo y todos los días; aun más, nos empeñamos en mejorar nuestras relaciones. Recordemos la expresión “sin dolor no hay ganador”. Nosotros no estamos en la comunidad para escapar del dolor que traen los conflictos, o para evitar las responsabilidades del aprender a relacionarse. Estamos inmersos en grupos porque la vida de Comunidad nos da la oportunidad de aprender a desarrollar nuestras posibilidades. Cuando no somos capaces de responder a la vida en forma coherente con lo que hemos llegado a comprender, se nos da la oportunidad de aprender más acerca de nosotros mismos. Cada vez que respondemos en forma consistente a nuestro entendimiento, estamos creando una respuesta que se vuelve habitual. El cambio llega entonces desde adentro.

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