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Atractiva sí, provocativa no

Permítanme traer a este espacio el tema del pudor. De manera principal quisiera abordar el tema de la vestimenta de las damas en los ambientes religiosos.

Como sacerdote, hace poco me tocó ver cómo unas religiosas corrieron a buscar camisetas para cubrir a unas niñas que estaban demasiado descubiertas para una misa a la que vendría el obispo. También viví una eucaristía en la que un grupo de graduandos daban gracias a Dios, pero las chicas venían con todos los torsos descubiertos. Podrían ser más las anécdotas que denotan la disminución del pudor en el vestido.

Es un fenómeno muy extendido que también afecta a nuestras mujeres católicas. Entiendo que no necesariamente hay mala voluntad, y que también afecta a los hombres en relación con las damas.

Sobre el vestido no se trata de dar normas concretas o de establecer una especie de catálogo de prendas prohibidas. El Catecismo de la Iglesia Católica nos da las siguientes pistas: «La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas» (n. 2521).

Cerremos con la palabra iluminadora del papa Francisco: «Sin el pudor, podemos reducir el afecto y la sexualidad a obsesiones que nos concentran sólo en la genitalidad, en morbosidades que desfiguran nuestra capacidad de amar y en diversas formas de violencia sexual que nos llevan a ser tratado de modo inhumano o a dañar a otros» (AL n. 282).

No olvidemos a San Pablo, que a los romanos surigió que presentaran sus cuepos «como sacrificio vivo» a Dios.

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