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Bienaventurados los misericordiosos (Mt. 5, 7)

El texto del Evangelio que hemos escuchado pone de relieve dos ministerios de la Iglesia. El ministerio de la Palabra y el ministerio del servicio en la mesa: Jesús «se puso a enseñarles muchas cosas», «partió los panes y los fue dando a los discípulos, para que se los fueran sirviendo» (Mc. 6, 34). Es un doble servicio que la Iglesia ha tenido como suyo desde el principio, para procurar a todos, en lo que de ella depende, el pan del espíritu y del cuerpo. ¿Qué sentido tiene hoy esto en el Panamá y en este pueblo joven?

Quiero deciros desde el primer momento que admiro y aliento de todo corazón el trabajo abnegado de los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que, a ejemplo de Jesús y en comunión con toda la Iglesia, están dedicados a vuestro servicio y ayuda; dando testimonio de Cristo que, siendo rico se hizo pobre libremente, nació en la pobreza de un pesebre, anunció la liberación a los pobres, se identificó con los humildes, los hizo sus discípulos y les prometió su reino.

El «dadles de comer» pronunciado por Cristo, sigue resonando en los oídos de la Iglesia, del Papa, de los Pastores y colaboradores. Es la voz de Jesús, ayer y hoy. La Iglesia quiere ser, con esa voz de Cristo, abogada de los pobres y desvalidos. Ofrece su doctrina social como animadora de auténticos caminos de liberación. No cesa de denunciar las injusticias, y quiere sobre todo poner en movimiento las fuerzas éticas y religiosas, para que sean fermento de nuevas manifestaciones de dignidad, de solidaridad, de libertad, de paz y de justicia.

Ella ayuda en lo que puede a resolver los problemas concretos, pero sabe que sus solas posibilidades son insuficientes (cf. Viaje Apostólico a Perú de s. Juan Pablo II, 5 de Febrero de 1985).

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