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El carácter hogareño de la Navidad

El carácter familiar de la Navidad es de origen hondamente cristiano. Según el relato de Lucas, los primeros en escuchar el anuncio del nacimiento del Hijo de Dios han sido unos pastores que no dormían sino que se mantenían vigilantes y despiertos durante la noche.

Por eso, desde muy antiguo, los cristianos acostumbraban a permanecer despiertos en la noche de Navidad, preparándose a celebrar con fe el nacimiento del Salvador. Desde entonces, es costumbre en los países de tradición cristiana esta reunión familiar.

Pero el carácter familiar de estas fiestas tiene unas raíces más profundas. Los cristianos celebramos al Dios que ha querido formar parte de la familia humana. Ahora la humanidad no es un conjunto de individuos aislados o dispersos que viven cada uno su vida. Todos formamos una gran familia de hermanos que podemos gritar a Dios «Abbá», Padre. Por eso, el nacimiento del Señor es una invitación a esforzarnos por el nacimiento de un hombre nuevo y de una familia mejor y más humana.

Hemos de hacer del hogar la primera comunidad en la que los hijos puedan vivir una verdadera experiencia de familia y fraternidad. Pero no basta. Sin duda, siempre es tentador para una familia encerrarse en su propia felicidad; tratar de construir un «hogar feliz», de espaldas a la infelicidad de otras familias; reducir el amor al mundo pequeño de los intereses familiares.

Celebrar de verdad la Navidad exige aprender a vivir con un sentido profundo de fraternidad. Quizás entre nosotros, la Navidad tenga que ser, antes que nada, una llamada urgente a vivir como hermanos, por encima de ideologías, creencias, partidismos o siglas que cada uno pueda defender.

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