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Celebremos la Navidad con alegría

Estén siempre alegres en el Señor: lo repito, estén alegres” (Fil. 4, 4-5), pero ¿en qué consiste esta alegría? La alegría que se nos propone en este tiempo no es una alegría superficial o puramente emotiva, ni siquiera una mundana o la alegría del consumismo. No, no es esa, sino que se trata de una alegría más auténtica, de la cual es-tamos llamados a redescubrir su sabor. Es una alegría que toca lo íntimo de nuestro ser, mientras que esperamos a Jesús, que ya ha venido a traer la salvación al mundo, el Mesías prometido, nacido en Belén de la Virgen María.

El sabor de la verdadera alegría es que Dios ha entrado en la historia para liberarnos de la esclavitud del pecado; ha puesto su tienda en medio de nosotros para compartir nuestra existencia, curar nuestras llagas, vendar nuestras heridas y donarnos la vida nueva. La alegría es el fruto de esta intervención de salvación y de amor de Dios.

La alegría que caracteriza la espera de Jesús se basa en la oración perseverante. San Pablo dice: “Oren constantemente” (1 Tesalonicenses 5, 17). Por medio de la oración podemos entrar en una relación estable con Dios, que es la fuente de la verdadera alegría. La alegría del cristiano no se compra, no se puede comprar, no viene de un regalo material, no viene de la comida o el vestido nuevo; viene de la fe y del encuentro con Jesucristo, razón de nuestra felicidad. Y cuanto más oramos, más nos parecemos a Cristo, ya que nos identificamos con sus mismos sentimientos de amor, perdón, de servicio y misericordia (Fil, 2), y cuanto más cercanos estamos a Jesús, más encontramos la paz, incluso en medio de las dificultades cotidianas (Mt.11, 28)

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