Espiritualidad

Combate contra el mal y santidad

P. MIGUEL ÁNGEL KELLER, OSA 

 “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida”. Así comienza el quinto y último capítulo de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco sobre el llamado universal a la santidad (Gocen y alégrense, GE 158).

Para ser santo, para ser un buen cristiano, para seguir a Jesucristo, para vivir y testimoniar el Evangelio, para hacer realidad en nuestra vida el mandamiento del amor, para construir en este mundo el reino de Dios, es necesario luchar, combatir, esforzarse. Hay que vencer, en primer lugar, nuestra fragilidad y nuestro egoísmo, nuestras malas inclinaciones (cada uno tiene las suyas: pereza, lujuria, envidia, avaricia, celos, y demás). Hay que vencer el espíritu del mundo, materialismo y consumismo, los ídolos del tener, poder y el gozar sin límites, que nos engañan, nos atontan y nos vuelven mediocres sin compromiso y sin gozo. Y hay que vencer a Satanás, el demonio, el príncipe de las tinieblas (GE 159). 

¡El demonio! Pero, seguramente, alguno se preguntará: ¿vamos a estas alturas a creer en el demonio? Hemos visto en nuestro folklore los diablicos, eso sí, y de niños nos asustaba esa figura del diablo con sus cachitos, su cola y su tridente en la mano; pero hoy realmente ¿podemos creer que existe el demonio? O es simplemente un mito, una figura, un símbolo, en todo caso una idea de los judíos del Antiguo Testamento.

A esta duda y esta pregunta responde así el Papa Francisco: “No aceptaremos la existencia del diablo si nos empeñamos en mirar la vida solo con criterios empíricos y sin sentido sobrenatural. Precisamente, la convicción de que este poder maligno está entre nosotros, es lo que nos permite entender por qué a veces el mal tiene tanta fuerza destructiva. Es verdad que los autores bíblicos tenían un bagaje conceptual limitado para expresar algunas realidades y que en tiempos de Jesús se podía confundir, por ejemplo, una epilepsia con la posesión del demonio. Sin embargo, eso no debe llevarnos a simplificar tanto la realidad diciendo que todos los casos narrados en los evangelios eran enfermedades psíquicas y que en definitiva el demonio no existe o no actúa. Su presencia está en la primera página de las Escrituras, que acaban con la victoria de Dios sobre el demonio” (GE 161).

De hecho, la Biblia comienza y termina hablando del demonio, desde el Génesis al Apocalipsis, aunque bajo la figura de la serpiente y la bestia, que no puede tomarse al pie de la letra. Jesús habla en el evangelio del demonio y se alegra de su derrota: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10,18); y en el Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que no libre del mal, o mejor el Malo. Porque la expresión utilizada allí no se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es «el Malo». Indica un ser personal que nos acosa. Jesús nos enseñó a pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine. Y los apóstoles lo presentan «como león rugiente, que ronda buscando a quien devorar» (1 P 5,8), y nos invitan claramente a «afrontar las asechanzas del diablo» (Ef 6,11) y a detener «las flechas incendiarias del maligno» (Ef 6,16).

“Entonces, no pensemos que el demonio es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos. Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades No son palabras románticas, porque nuestro camino hacia la santidad es también una lucha constante. Quien no quiera reconocerlo se verá expuesto al fracaso o a la mediocridad. Para el combate tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero” (GE 162).

Hay que luchar, pero no estamos solos ante el peligro. No hay ningún poder -¡y menos el del demonio!- más grande que el poder de Dios. El Espíritu de Dios, que recibimos en el bautismo, vence al espíritu del mal. Jesús venció para siempre el mal, la muerte y el pecado. En Él, el Padre “nos libró del poder de las tinieblas y nos llevó al reino de su querido Hijo” (Col 1,13). No hay que tener miedo, pero sí hay que luchar. 

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