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Con clara conciencia de ser

Podemos rehusarnos a realizar una introspección para preguntarnos sobre nosotros mismos ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿cuál es mi destino?, ¿por qué estoy aquí?

Roquel Cárdenas

Algunos ven la conciencia como la actividad mental del sujeto que permite sentirse presente en el mundo y en la realidad. Es una especie de reconocimiento de sí mismo como alguien distinto de las otras cosas y reconocerse como real y existente. Otra acepción de conciencia es la del conocimiento del bien y del mal, que permite a la persona enjuiciar moralmente los actos propios y de los demás. Por lo tanto, la conciencia involucra un cierto reconocimiento de sí mismo y también la realidad de nuestra capacidad moral.

Si alguna vez hemos observado a un niño pequeño mirándose frente al espejo, observaremos por un lado la extrañeza y fascinación de ver su reflejo, algo así como descubrirse a sí mismo, hasta podría preguntarse ¿ese soy yo? Cuando crecemos probablemente no nos asombre nuestro reflejo en el espejo, pero tenemos otro espejo en nuestro interior, donde vemos nuestros propios actos o estado de ánimo, podríamos decir que descubrimos nuestro yo.

 

EXAMEN DE CONCIENCIA. En todo momento del día se abren oportunidades para ir «persona adentro» y encontrar ahí la Verdad. (FOTO Callum Shaw)

Pero puede ocurrir que al igual que algunas personas se rehúsan a verse al espejo, porque no le gusta su imagen corporal, también nosotros podemos rehusarnos a realizar una introspección para preguntarnos sobre nosotros mismos ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿cuál es mi destino?, ¿por qué estoy aquí?

Si no nos hacemos estas preguntas con seriedad, podemos caer en lo que en el argot popular se llama vivir por vivir, es decir, vivir sin reflexionar en los grandes interrogantes de la vida. Es existir simplemente en lo inmediato, en la solución de los problemas cotidianos, en un pragmatismo que ve en la solución de las incomodidades, la esencia de la vida. Como la historia de aquellos dos peces que dialogaban: uno le decía al otro, me gustaría poder conocer el océano y el otro le dice extrañado ¿cómo no te has dado cuenta que estás en el océano?

Pablo en el Areópago ante los atenienses, que eran inquietos buscadores de la esencia de la vida, se lo plantea diciendo, que al igual que el pez que no se había dado cuenta que toda su vida la había vivido en el océano, es probable que nosotros tampoco nos hemos percatado que en Dios vivimos, nos movemos y existimos: «pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de ustedes: “Porque somos también de su linaje”, Hechos 17, 28.

La conciencia involucra un cierto reconocimiento de sí mismo y de nuestra capacidad moral.

No solo estamos imbuidos en Dios, sino que además somos parte de su familia, qué es una familia especialmente noble, porque el texto no dice que somos también de su linaje.  Esto es un proceso de autodescubrimiento que nadie puede hacer por nosotros y que nos invita a trascender, es decir, a traspasar los límites de nuestra experiencia sensible.  Es una experiencia muy humana reconocer, que debe haber algo más que solo nacer, crecer, reproducirse y morir.

Jesucristo nos advierte de esta tentación qué nos puede robar la semilla de la Palabra de Dios que tenemos en nuestro interior, cuando nos habla de ello en la parábola del sembrador: «El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto», Mateo 13, 22.

La Escritura nos advierte que podemos llegar a un punto en que las cosas de este mundo nos pueden interesar, de tal modo, que nos es difícil admitir o pensar en otra cosa que no sea las cosas materiales.

Todos tenemos esa capacidad de trascender de ir más allá de la vida terrena, de pensar que esta tierra no lo es todo, pero a veces estamos ofuscados como nos dice San Pablo cuando describe a los que viven como enemigos de la cruz… «cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra», Filipenses 3, 19.

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