editorial

Consecuencias de la indisciplina

Las estadísticas de muertes por la Covid-19 nos hablan de más de cuatro mil víctimas (y sus respectivas familias), al cierre de este año, cifra considerablemente alta si nos comparamos a otros países de la región con mayor cantidad de población.

Desde que se reportó el primer caso en nuestro país, y ante la inminente amenaza de un virus desconocido, la población se comportó de manera razonable, guardando las medidas de bioseguridad, quedándose en casa. Pero, al pasar los meses, vino la recesión económica con duras implicaciones sociales.

La conducta de cada uno es puerta abierta o muralla para la propagación del virus, pero un gobierno que improvisa y no consulta es impropio

No duró mucho la presión para la apertura del comercio y las empresas del país, con el ánimo de activar la economía; sin embargo, esto trajo la inevitable consecuencia en contra de la salud pública debido al relajamiento de las medidas sanitarias de una población acostumbrada a relaciones personales y sociales estrechas.

Este comportamiento colectivo es el mejor ambiente para este virus cuya propagación y capacidad de contagio es cada vez más agresiva. No mide edades, condiciones y oficios, y cada vez se registran más cifras de personas que perdieron la batalla contra este terrible mal en todo el país.

La conducta de cada uno es puerta abierta o muralla para la propagación del virus, situación cada vez más compleja que pone en peligro el sistema sanitario. Es cierto que también hacen falta políticas públicas coherentes, producto del consenso, que lleven a acciones estatales inteligentes y organizadas. Pero si el ciudadano no pone de su parte, la batalla está perdida.

La conclusión final de esta realidad es que, si no se controla la curva de contagio de la pandemia, no será posible reactivar la economía del país. Sin personas sanas, no es posible el crecimiento y menos el desarrollo.

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