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Cristianos en la discoteca

Un cristiano no es una caja hermética. No somos gente alejada de la realidad, que practica una serie de enseñanzas y se autocomplace con ello. Al revés, estamos llamados a descubrir a Dios en todo lo que vemos, porque Él nos habla a través de todo lo creado.

Esto significa estar abiertos a aquello que nos rodea, especialmente a las personas que tenemos al lado.

Jesús percibe las necesidades de los que tiene alrededor y se preocupa por ellos. Esto le lleva a curar, a perdonar, a dar gracias a Dios por los dones de los demás, a aconsejar… en definitiva, el Corazón de Cristo siente, se preocupa, se compadece… Presentándole a Dios todo lo que percibimos en los demás e intentando hacer con ellos lo que Él haría participamos de su misión, que sana las heridas de la humanidad, las miserias y el dolor.

En las discotecas pasa esto. Son lugares que están llenos de miseria, de dolor… hay gente que busca consuelo en la bebida (y no lo encuentra), que va perdida buscando afecto, que no encuentra diversión en ninguna otra parte. 

Frente a esto, muchos jóvenes suelen decir: “a mí qué, que hagan lo que quieran” o “yo solo he venido a pasármelo bien, puedo ir y no me afecta”.

Precisamente, se trata de eso, de que te afecte. Porque de otro modo irás envolviendo tu corazón y, al final, serás incapaz de amar.

Pidámosle a Jesús que nos dé un corazón semejante al suyo: que no aparte nunca la mirada a los que nos rodean, para estar abiertos a sanar todo aquello que podamos.

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