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De 10 a 15 años: ¿qué dieta seguir?

Esta transformación exige una alimentación bien equilibrada con nutrientes específicos que eviten el cansancio y la desmotivación que acusan muchos adolescentes.

El fin de la niñez y la entrada en la adolescencia es una etapa de grandes exigencias nutricionales que no se deberían obviar. En esta época bajan las defensas y se suelen producir dolores musculares a causa del crecimiento.

Los vaivenes hormonales que se experimentan en esta etapa hacen que los chicos y chicas pasen de la euforia a la pasividad en pocos minutos y que se sientan cansados y abatidos.

Para neutralizar todos esos síntomas propios de la entrada en la juventud, es necesario aumentar el consumo de algunos alimentos como los lácteos y los pescados.

En esta etapa no hay que bajar la guardia en lo que se refiere a los hábitos alimenticios familiares, ya que los adolescentes pueden “rebelarse” contra las costumbres dietéticas habituales para reafirmar su independencia y demostrar que han dejado de ser niños. Por tanto, tratarlos como tales no es lo más adecuado, pero tampoco lo es, dejar que coman fuera y se aficionen a los restaurantes de comida rápida.

Ofrecerles explicaciones nutricionales y ventajas estéticas de los buenos hábitos alimenticios resultará más convincente que sermonearles sobre la comida basura, y compartir con ellos la preparación de los alimentos sigue siendo una buena estrategia.

Cualquier circunstancia dolorosa o estresante puede desencadenar etapas de anorexia o bulimia. Por tanto, es importante que la alimentación se convierta en una fuente de vitalidad, equilibrio y armonía familiar.

Estar bien alimentado significa tener la mente más clara. Por lo que además tendrán mejor rendimiento en su vida escolar y social.

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