Espiritualidad

Destinados a la santidad

Copio un chiste, un tanto de mal gusto, que corre como tantos otros por las redes sociales: “Cuando vas al cementerio en tu carro, no uses el GPS o Waze, porque es muy triste que al llegar al cementerio te diga : ya has llegado a tu destino”…

Todos vamos en camino y tenemos un destino, pero no es la muerte sino la vida. Así lo afirma nuestra fe en el Señor resucitado. La muerte no es el final del camino, nuestro destino es vivir. Y, mientras estamos en este mundo y recorremos nuestro camino en la tierra, intentamos no desviarnos de esa dirección hacia el encuentro con el Señor. Caminamos hacia el Señor, con la ayuda de su luz y de su gracia, le seguimos, intentamos seguir sus huellas.

Nuestro camino es por eso un camino hacia la santidad, imperfecta todavía en este mundo pero que llegará a su plenitud en el reino de los cielos.

“Para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad, porque «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» ( 1 Ts 4,3). Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio…..Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos.

Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: «No, no hablaré mal de nadie». Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta a su lado y escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica. Luego vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe.

Ese es otro camino de santidad. Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso” (Francisco, Gocen y alégrense, GE 19 y 16).

Es hermoso y consolador, pero también exigente y comprometedor, entender la vida así, como un camino de santidad y hacia la santidad. Es muy humano caminar, crecer, ir poco a poco. Y esta es también la ley de la vida y la espiritualidad cristiana.

Cada día, paso a paso, en las cosas normales de la vida, con pequeños gestos llenos de amor. No hace falta hacer milagros, basta el pequeño y continuado milagro de la fidelidad de cada día. Fidelidad al Señor y su evangelio, a los hermanos, a nuestra vocación particular en la Iglesia y en el mundo.

Claro que a veces, y así lo indica también Francisco, “la vida presenta desafíos mayores y a través de ellos el Señor nos invita a nuevas conversiones que permiten que su gracia se manifieste mejor en nuestra existencia «para que participemos de su santidad»( Hb 12,10)” Pero “otras veces solo se trata de encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos: «Hay inspiraciones que tienden solamente a una extraordinaria perfección de los ejercicios ordinarios de la vida»”. Se trata de «vivir el momento presente colmándolo de amor», «Aprovechando las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria» (GE 17).

Pequeños gestos cada día, decisiones más difíciles en algunos momentos y temas de importancia, sincera y humilde conversión cuando fallamos…Es así como todos los cristianos vamos recorriendo día a día nuestro camino de santidad. Respondiendo al llamado del Señor, confiando en su ayuda y su gracia, poniendo nuestro mejor esfuerzo, sin perder nunca de vista la meta, el destino, la santidad. Que es a la vez fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestra vida y de nuestra generosidad al responderle y dejarle actuar.

“Así, bajo el impulso de la gracia divina, con muchos gestos vamos construyendo esa figura de santidad que Dios quería, pero no como seres autosuficientes sino «como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» ( 1 P 4,10)…Así esposible amar con el amor incondicional del Señor, porque el Resucitado comparte su vida poderosa con nuestras frágiles vidas: «Su amor no tiene límites y una vez dado nunca se echó atrás. Fue incondicional y permaneció fiel. Amar así no es fácil porque muchas veces somos tan débiles. Pero precisamente para tratar de amar como Cristo nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros. De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en acción, incluso en medio de la debilidad humana»” (GE 18). Así caminamos hacianuestro destino, la santidad.

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