Espiritualidad

Dios nos ama desde siempre

«El pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarlo y amarse mutuamente» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 387); es no querer vivir la vida de Dios recibida en el bautismo y no dejarse amar por el verdadero Amor, pues el hombre tiene el terrible poder de impedir la voluntad de Dios de dar todos los bienes. 

Jesús dice a todos: «Convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1, 15). En el origen de toda conversión auténtica está la mirada de Dios al pecador. Es una mirada que  se traduce en búsqueda plena de amor, en pasión hasta la cruz, en voluntad de perdón que, manifestando al culpable la estima y el amor de que sigue siendo objeto, le revela por contraste el desorden en que está sumergido, invitándolo a cambiar de vida. Éste es el caso de Leví (cf. Mc 2, 13-17), de Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10), de la adúltera (cf. Jn 8, 1-11), del ladrón (cf. Lc 23, 39-43), y de la samaritana (cf. Jn 4, 1-30): «El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible; su vida ca- rece de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente» (Redemptor hominis, 10). 

Queridos jóvenes, les invito de modo particular a ustedes a emprender iniciativas concretas de solidaridad y comunión junto a y con los más pobres. Participen con generosidad en alguno de los proyectos con gestos de fraternidad y solidaridad: será un modo de «restituir» al Señor, en la persona de los pobres, por lo menos algo de todo lo que les ha dado a ustedes, más afortunados (cf. Mensaje De S. Juan Pablo II para la XIV Jornada Mundial de la Juventud). 

Artículo anterior

Avanza proyecto de ampliación

Siguiente artículo

Celebración de acción de gracias por 25 años de consagración