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Editorial: Evitemos matar la esperanza

Con nuestras acciones y, peor aun con la indiferencia, le cortamos las alas a la ilusión de los demás.

El ambiente enrarecido que esta semana se sintió en el proceso de vacunación contra la Covid-19 es un eslabón más de una larga cadena de hechos que mantiene a los panameños de sobresalto en sobresalto. No hay descanso. Es una montaña rusa de agitaciones que lleva al país a un precipicio en cuyo fondo solo hay una cosa: la desilusión.

Sería injusto endilgar toda la responsabilidad de esta situación al gobierno. Los desengaños tienen muchos padres, aunque en la mayoría de los casos la fuente proviene de los líderes, ya sea de la empresa privada, los partidos políticos, los sindicatos, educadores, medios de comunicación y los guías religiosos.

Estos dirigentes, que la sociología llama “referentes sociales”, encabezan una lista que se derrama hacia abajo con pasmosa fluidez y llega a los padres de familia, líderes estudiantiles, grupos de padres de familia, asociación de vecinos y gremios varios.

Nuestro proceder puede abrir o cerrar las puertas de la ilusión a los más pequeños.

Resulta ser una pandemia de pudrición social que tiene en la desesperanza la peor de las consecuencias, pues sin esperanza no hay motor para la vida, para la superación, para la movilidad y el entusiasmo.

La ética resulta ser, pues, la verdadera vacuna, esa que se torna en camino, paisaje y destino para alimentar la ilusión de todos, tanto el que guía, como el rebaño. “Es propio de la dirigencia elegir la más justa de las opciones después de haberlas considerado, a partir de la propia responsabilidad y el interés del bien común”, nos dice el Santo Padre Francisco, quien añade: “Este sentido ético aparece hoy como un desafío histórico sin precedentes, tenemos que buscarlo, tenemos que inserirlo en la misma sociedad”.

El momento es hoy. Para la esperanza no hay mañana.

¡Ánimo!

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