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Educar en la templanza: sin ella no hay educación

José María Contreras/ReL

La templanza, como cualquier virtud, es tremendamente afirmativa, hace que la persona sea capaz de ser dueña de sí misma y pone orden en la sensibilidad, afectividad, gustos y deseos.

Por eso, cuando un hijo nos pide algún deseo y los padres se lo negamos, es fácil que le demos respuestas como que no nos podemos permitir ese gasto o cosas por el estilo. Eso solo es parte de la verdad y además tienden a lo negativo, a que los hijos vean la sobriedad como algo negativo; piensan que cuando tengamos más dinero lo haremos. No es así.

La templanza nos procura un equilibrio en el uso de los bienes materiales que nos hace libres para aspirar a bienes más altos.

Para educar en la austeridad hay que tener valor, enfrentarse a los hijos y muchas veces a la corriente por dónde va la sociedad. Pero ese es el camino. O se tiene ese valor o no se hace nada.

El placer es bueno, no podemos caer en la cortedad de pensar que es algo negativo para la persona. Lo que pasa es que no podemos caer en la negación de saber que el hombre es un ser que tiene desordenadas las pasiones. Pablo de Tarso decía que hacía el mal que no quería y que dejaba de hacer el bien que quería. Supongo que no siempre, pero él se quejaba de esto.

Es como si este, el mal, se hubiera insertado en el corazón humano y el hombre tuviera que defenderse de él. Cuando decimos que sí, todo son facilidades. Facilidades con desasosiego muchas veces, pero facilidades.

Tenemos que acostumbrarnos a decirnos que no y en esa lucha interior por hacer el bien, algunas veces con victorias y otras con derrotas, es cuando viene esa paz que deseamos. Decir que no en muchas ocasiones es alejarse del mal.

Cuántas adicciones, que tanto están haciendo sufrir a tantas personas, se hubieran evitado si se hubiera educado a los hijos en negarse aquello que les perjudica, aquello que objetivamente es malo.

Hay personas que son incapaces de decir que no a los impulsos del ambiente o a los deseos de quienes les rodeas. Son personas despersonalizadas, no son libres porque son llevadas por lo deseos de otro sin poder renunciar a ellos.

Decir que no a algunas cosas, en el fondo, es comprometerse con otras. Es la manera de demostrarse a sí mismo que uno tiene valores.

Decir que no supone comprometerse con lo que realmente se estima y darlo a conocer con nuestra vida, con lo que hacemos.

Una persona que no se esfuerza por vivir la sobriedad o la templanza, termina siendo incapaz de decir que no a las sensaciones que el ambiente despierta en él. Termina buscando la felicidad en sensaciones falsas, fugaces, que por ser pasajeras, nunca satisfacen.

Me decía un amigo que su hijo pequeño le había dicho que como tenía dinero porque no se aprovechaba de ello y pedía siempre lo mejor en los restaurantes.

Aproveché para explicarle que la sobriedad, la templanza, no depende de que se tenga mucho o poco. Son virtudes, valores que tiene uno que vivir independientemente del coste o del pagador. Así una persona con mucho dinero puede ser sobria y templada y un pobre de solemnidad puede ser muy poco templado.

Como se ve la templanza es indispensable para poner un poco de orden en caos, que el mal impone a la naturaleza humana.

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