CatequesisEspiritualidad

El catequista es instrumento para acercarnos al Misterio de Jesús

El punto de arranque del camino de la Fe es la conversión. Todo catequista que ama su vocación vive para llegar a ver ese momento en el que, se revela algún cambio de comportamiento en sus catequizandos, un signo de la acogida serena y alegre de Jesús, como fruto de la fe que va germinando en ellos. Puede haber mucho esfuerzo en hacer dinámico el encuentro, pero sin un catequista servidor del Misterio de Jesús, difícilmente se verán los frutos de las catequesis. Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por Él mismo, pues ellos encierran y manifiestan a la vez su Misterio.

Si es verdad que ser cristiano significa decir «sí» a Jesucristo, recordemos que este «sí» tiene dos niveles: consiste en entregarse a la Palabra de Dios y apoyarse en ella, pero significa también, en segunda instancia, esforzarse por conocer cada vez mejor el sentido profundo de esa Palabra. El proceso va desde ser un mero simpatizante con interés por el evangelio, luego la conversión, que viene de un amor por las escrituras, un cambio de mentalidad y estilo de vida para recomponer la personalidad en torno a un centro vital, Jesucristo.

El catequista es consciente de que, es el mismo Jesús el que se deja escrutar por los que le buscan. La constante preocupación del catequista debe ser la de comunicar, a través de la enseñanza y su comportamiento, la vida y enseñanza de Jesús. Ser fieles a la manera de Jesús, y decir “mi enseñanza no es mía sino del que me ha enviado” o como San Pablo “Yo he recibido del Señor lo mismo que les he transmitido”.

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