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“El chisme es destructivo, es matar al prójimo con la lengua”

Reflexionemos en lo que las palabras pueden hacer a las relaciones humanas y optemos por alejarnos de chismes y rumores. Difamar es un pecado grave.

Mónica Muñoz

 “Está embarazada, se me hace que va a dejar de venir a la escuela”, escuché a unos jóvenes comentando acerca de una de sus maestras, plática que me molestó mucho porque era una situación que la persona quería mantener en secreto, su motivo tendría. Por eso me sorprendió oír la información de labios de un chico que nada tenía que ver en el asunto. ¿Cómo se enteró? No quise averiguarlo, porque casi estoy segura de que estuvo espiando una conversación ajena.

Dos situaciones observé con esto: la primera, que el chisme no es privativo de las mujeres, como por mucho tiempo se le etiquetó en la cultura machista, sembrando la creencia de que era un defecto inherente al género femenino, cuestión sumamente desagradable, pues el chismoso reúne las características de alguien que se mete en la vida de todos para sacar provecho o simplemente por diversión, morbo o falta de actividad productiva, vamos, de alguien sin quehacer.

HABITUAL. En la vida cotidiana el chisme se presenta con algo simple.

La segunda, que casi es similar y que considero igualmente grave, pues son íntimas amigas: que la discreción se ha perdido para siempre.  Y como ni siquiera recordamos el significado, acudo al diccionario: “Discreción: prudencia, tacto. Capacidad para guardar un secreto” (Larousse, Diccionario de la Lengua Española Esencial).  ¿Es posible que la información que llega a los oídos queme por dentro?, quizá eso sientan los que, sin empacho ni remordimiento alguno, sueltan lo que se les confía sin necesidad de escarbarle al asunto.

Ocurre aquello de que los casos delicados se convierten en secretos a voces. Sinceramente, es penoso enterarse de situaciones personales por la excesiva ligereza de quienes se convierten en voceros no autorizados de la comunidad, sin detenerse a pensar en las consecuencias que su falta de sigilo pueda traer a los afectados. 

El Papa Francisco: el chisme es destructivo, es matar al prójimo con la lengua.

En la vida cotidiana, el chisme se presenta con algo simple: faltando a la confianza de quienes creen que pueden depositar un secreto en alguien que consideran íntegro y leal, permitiéndole conocer su sentir y pensamientos más íntimos.

Respecto a este punto, cada vez más frecuentemente los medios de comunicación y redes sociales demuestran que hay gente que no sólo es capaz de traicionar la confianza de sus conocidos, amigos y familia, sino que, por dinero, vende información confidencial de sus jefes y lugares de trabajo, con el afán de enriquecerse rápidamente.  Esto habla de una falta absoluta de ética y respeto hacia la autoridad, las instituciones y la gente en general.

Surge entonces una mezcla de actitudes: la deslealtad, la traición, el chisme y la indiscreción, convirtiéndose en un engendro destructivo de relaciones. Ya lo ha dicho en repetidas ocasiones el Papa Francisco: el chisme es destructivo, es matar al prójimo con la lengua.

Resulta entonces que hay cuidarse de todos, pues una conversación entablada con cualquiera puede derivar en un problema serio.  Pero también es verdad que hablar sin prudencia puede causar más males que beneficios.

Por ello, debemos ser escrupulosos y elegir nuestras palabras al hacer comentarios, o en todo caso, si no se va a hacer el bien a nadie con lo que digamos, lo mejor es callar.  Reflexionemos en lo que las palabras pueden hacer a las relaciones humanas y optemos por alejarnos de chismes y rumores. Difamar a la gente no sólo es delito, sino también un pecado grave que puede marcar para siempre.

 

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