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El coronavirus y la conciencia

José-Román Flecha Andrés

Hemos desarrollado unas estrategias mentales para poder seguir acomodados en nuestras poltronas. Pensábamos que podíamos ignorar impunemente la miseria. Hemos llegado a creer que habíamos logrado sobreponernos al dolor. A veces hablábamos de alargar la vida hasta la inmortalidad. 

Pues bien, cuando el coronavirus se encontraba en un país lejano, nos resultaba hasta simpático hacer bromas sobre él. Ni por asomo pensábamos que iba a llegar hasta nosotros. Al parecer, hubo intereses en negar que ya había llegado. Tal vez se podía evitar el mal, pero era importante ignorarlo. 

Entre todos los males que nos acechan, unos nos amenazan en cuanto modifican bruscamente nuestra relación con la naturaleza. Así ocurre con las grandes catástrofes. En esas ocasiones podemos caer en el fatalismo, pero también podemos redoblar los esfuerzos para superar la hostilidad de los elementos. 

Otras veces, el mal parece nacer de una ruptura de nuestras relaciones armónicas con los demás. En esos casos podemos caer en la tentación de la agresividad, pero también podríamos tratar de enhebrar unas nuevas relaciones basadas en el diálogo. 

Con nuestras decisiones interesadas, nosotros mismos somos la mayor fuente del mal que padecemos. 

La reflexión sobre el coronavirus, y sobre los males que lo han precedido y acompañado, debería llevarnos a un examen de conciencia sobre nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. No podemos olvidar que Jesús se identificó con los más desprotejidos de nuestra sociedad.  

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