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EL DESEO DEL HOMBRE

José-Román Flecha Andrés

El día 18 de mayo del año 1920 nacía en Wadowice, diócesis de Cracovia, Polonia, Karol Wojtyla. En la tarde del 16 de octubre de 1978 sería elegido para ocupar el puesto de obispo de Roma, con el nombre de Juan Pablo II.  

De este Papa se ha escrito mucho sobre su infancia y su juventud, sobre su trabajo como obrero y su afición al mundo del teatro, sobre su vivencia del drama sufrido por las gentes de su pueblo, sobre su experiencia ante la vida y sobre su dolor ante la muerte abundantemente repartida por una dictadura y por otra. 

Como sabemos, recorrió el mundo de una parte a otra, a pesar de haber sufrido en la mismísima plaza de San Pedro un atentado que solo por milagro no fue instantáneamente mortal. Y, al mismo tiempo, nos ofreció el ejemplo de una vida sumergida en las profundidades de la contemplación. 

El arzobispo Wojtyla pensaba que la verdad de Dios se inscribe de un modo o de otro en el ánimo del hombre, que anhela una salida hacia la trascendencia. “El hombre se supera a sí mismo, el hombre debe superarse a sí mismo”. 

Incluido en la constitución “Gaudium et spes”, ese pensamiento habría de ser repetido con frecuencia por Juan Pablo II. Evidentemente, la cuestión sobre Dios era para él inseparable de la cuestión sobre el hombre, su realidad y su destino. 

 Según él, todos los hombres saben que “nadie logrará colmar sus deseos más profundos, sino el Dios de infinita majestad”.

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