Opinión Clero

El dolor y el mal no tienen la última palabra

P. José Román Román Flecha Andrés

Miles y miles de personas acuden el día de Navidad a la Plaza de San Pedro para recibir la bendición Urbi et Orbi que el papa imparte desde la logia central de la fachada de la basílica. A causa de la pandemia, la plaza estaba desierta este 25 de diciembre de 2020.

Como es habitual, en la fiesta del Nacimiento de Jesús, antes de impartir la bendición, el papa Francisco pronunció un mensaje que, esta vez, leyó desde la Biblioteca Apostólica. En él sobresalen las ideas de la fraternidad y la luz, la paz y la familia.    

  1. Para comenzar, afirmó el Papa que el Niño que la Virgen María dio a luz en Belén nació para todos: es el “hijo” que Dios ha dado a toda la familia humana. Evocando su reciente encíclica Fratelli tutti, afirmó que, “en este momento de la historia, marcado por la crisis ecológica y por los desequilibrios económicos y sociales, agravados por la pandemia del coronavirus, necesitamos más que nunca la fraternidad”.

Contra una fraternidad hecha de bellas palabras, de ideales abstractos y de sentimientos vagos, hace falta “una fraternidad basada en el amor real, capaz de encontrar al otro que es diferente a mí, de compadecerse de su sufrimiento, de acercarse y de cuidarlo, aunque no sea de mi familia, de mi etnia, de mi religión. Hermanos todos”.

  1. En esta hora de oscuridad por la pandemia, aparecen luces de esperanza, como las vacunas. “Pero para que estas luces puedan iluminar y llevar esperanza al mundo entero, deben estar a disposición de todos. No podemos dejar que los nacionalismos cerrados nos impidan vivir como la verdadera familia humana que somos”.

El Papa desea que el Niño de Belén nos ayude a ser disponibles, generosos y solidarios con las personas más frágiles, los enfermos, los que se encuentran sin trabajo o en graves dificultades económicas y las mujeres que en estos meses de confinamiento han sufrido violencia doméstica.

  1. Además, ha repetido que todos estamos en la misma barca. Por eso hemos de ver en cada persona que sufre al Señor que pide nuestra ayuda. “Lo veo en el enfermo, en el pobre, en el desempleado, en el marginado, en el migrante y en el refugiado: todos hermanos y hermanas”.

El Papa nos invitó a volver la mirada a dos docenas de países en los que los conflictos y las guerras están haciendo difícil la vida a millones de personas. Como para evitar el desaliento, añadió: “Un niño nos ha nacido (Is 9,5). ¡Ha venido para salvarnos! Él nos anuncia que el dolor y el mal no tienen la última palabra”.  

  1. Finalmente, evocando la familia de Jesús, José y María, recordó a las familias que no podrán encontrarse en Navidad.

 Reunidos ante el “nacimiento” o “belén” familiar, al que el Papa se ha referido varias veces, podemos redescubrir el valor y la dignidad de la familia. En ella hay un desafío y un mensaje de esperanza.

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