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El Evangelio de la Creación

Cuando insistimos en decir que el ser humano es imagen de Dios, eso no debería llevarnos a olvidar que cada criatura tiene una función y ninguna es superflua. Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios. La historia de la propia amistad con Dios siempre se desarrolla en un espacio geográfico que se convierte en un signo personalísimo, y cada uno de nosotros guarda en la memoria lugares cuyo recuerdo le hace mucho bien. Quien ha crecido entre los montes, o quién de niño se sentaba junto al arroyo a beber, o quién jugaba en una plaza de su barrio. Cuando vuelve a esos lugares, se siente llamado a recuperar su propia identidad.

La indiferencia hacia Dios, hacia el prójimo y hacia el ambiente están vinculadas entre sí y se alimentan recíprocamente. Por lo tanto, se pueden combatir solamente con una respuesta que las enfrente juntas, es decir con un nuevo humanismo que recoloque al ser humano en su justa relación con el Creador, con los demás y con la creación.

Hay muchas formas en que se manifiesta esta actitud de indiferencia y tambi.n son diversas las causas que contribuyen a alimentarla, pero esencialmente se remontan a un humanismo desequilibrado, en que el hombre ha tomado el lugar de Dios y, por lo tanto, se ha convertido, a su vez, en víctima

de diversas formas de idolatría.

Es importante colaborar juntos para promover en el mundo una cultura de la solidaridad, que pueda contrarrestar la globalización de la indiferencia que es desafortunadamente una de las tendencias negativas de nuestra época. Se trata, de construir una cultura de la solidaridad y de compartir en el ámbito social, cultural y educativo. Todo ello es necesario para vencer la indiferencia y construir la paz (cf. Laudato S., Papa Francisco).

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