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El gorro de Goyito, tres maestras y el alcalde

RAÚL SERRANO, OSA

Fue mi compañero de primer grado. Se sentaba delante de mí en el salón de clases. Goyito vivía solo con su padre en un rancho de paja y eran muy pobres. Evidentemente se notaba la ausencia de la madre. Goyito era el niño pobre y desaseado del salón. Lo peor era su cabeza que me tocaba contemplar durante todo el periodo de clases a causa del sitio en que se sentaba. Tenía la cabeza llena de granos que le supuraban y atraían a las moscas. 

La maestra lo curaba y lo aseaba en cuanto podía. Le confeccionó un gorro para que se cubriera la cabeza. Tenía que permanecer con su gorro puesto durante toda la clase. Lo que fue un alivio para los que nos sentábamos detrás de él.

En primer grado tuve tres maestras. Una de ellas vive todavía. La causa fue que era estudiante en la Escuela Normal y le tocó hacer práctica docente en mi clase. Ahora contempla satisfecha el fruto de tantos años de sacrificios para dar a la Patria buenos ciudadanos y excelentes profesionales. Mi maestra de planta tuvo que retirarse por un tiempo en licencia de gravidez y vino su hermana a sustituirla. Mis tres maestras de primer grado fueron muy buenas y les estoy agradecido. Rezo por la salud de la que aún vive y por el premio de la vida eterna de las otras dos que ya fallecieron. 

Sé que hay excelentes maestras todavía y que cumplen con su oficio más allá de lo que les exige la ley porque tienen corazón de madre y no pueden ver una necesidad sin buscarle solución. Ninguna compensación económica puede retribuir el trabajo de tantas maestras que fueron en sus comunidades más que maestras; fueron madres de sus alumnos, enfermeras, consejeras de las familias y de los matrimonios, promotoras de la comunidad y muchas cosas más por el bien de todos. 

Un maestro jubilado fungió como alcalde del pueblo por un tiempo, y me tocó ser testigo del modo como solucionó para bien un conflicto matrimonial. Se trataba de una joven pareja con un niño como de unos cuatro años. Habían acudido al alcalde porque habían decidido separarse y no se ponían de acuerdo sobre quien se quedaba con el niño. Ambos querían llevarse al niño. El alcalde les aconsejó con voz de padre, no con la autoridad de alcalde. Les habló de la vida que aún tenían por delante y de las dificultades que tienen todos los matrimonios y que hay que enfrentar como pareja y resolverlos. Les habló del niño que estaba empezando su vida y que ellos iban a condenar a crecer sin el cariño de una madre o sin el amparo de un padre. Al final, el alcalde dio con una solución salomónica: llamó al niño y le preguntó con quien quería vivir él, con su papá o con su mamá. El niño respondió: “con los dos”.  El alcalde sentenció: “ahora tendrán que partir al niño, pues quiere estar con los dos”. Tanto el padre como la madre se echaron a llorar, agarraron al niño y se fueron. En ese momento no había actuado el alcalde sino el maestro. Desde su sillón de alcalde dio una lección magistral sobre la convivencia matrimonial; la necesidad de aprender a convivir con los defectos que tienen el uno y el otro; que el amor no es algo que se recibe completo sino algo que se construye día a día en la aceptación mutua; del deber de ser padres y de los sufrimientos que eso conlleva, pero que juntos se pueden convertir en algo que los unirá más en su vida común. ¡Qué magnífico maestro debió haber sido el alcalde!

Goyito no tuvo la suerte de contar con una madre en su casa, pero tuvo una maestra que hizo cuanto pudo para suplir a su madre en el salón de clases.

A los santos los representan llevando el símbolo de su camino de santidad, se me ocurre que si canonizaran a mi maestra de primer grado tendrían que representarla con el gorro de Goyito en sus manos.

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