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El Higuerón o el porqué de mi bautismo a los 29 días de nacido.

P. RAÚL SERRANO, OSA

Ya no queda nada de la vieja casa y su entorno. Desapareció el palmar y los naranjos y la mata de gardenia que perfumaba la entrada al patio delantero de la casa y desapareció el higuerón, junto al camino detrás de la casa. Había necesidad de ensanchar el camino para construir la carretera y el higuerón fue sacrificado. 

En realidad eran dos higuerones, uno enfrente del otro y el camino pasaba entre los dos. A la sombra del otro higuerón, el que estaba al otro lado del camino, acostumbraban a sacrificar las reses para el consumo de la población. De este higuerón guardo el recuerdo del llanto de las vacas. Cuando pasaba una saca de ganado por allí, al oler la sangre, las vacas se detenían y empezaban a llorar a su congénere muerta. Para uno, niño, este llanto del ganado era una estremecedora, temprana experiencia del misterio de la muerte.

El otro higuerón, el que quedaba detrás de la casa, infundía temor por su forma. Era un árbol alto de amplio ramaje a cuya sombra solían guardar caballos atados a los carates de la cerca. Las raíces que se extendían alrededor de su tronco formaban covachas que la imaginación infantil convertía en habitación de duendes y otros espantos. 

Yo nací a principio de marzo, cuando el viento fuerte que sopla atempera el calor del sol por el día y refresca la temperatura por la noche. Mi nacimiento no tuvo nada de extraordinario. Nací como cualquier niño en mis circunstancias. Papá fue de noche a buscar a la Mamita Pura para que viniera a ayudar a mi madre que estaba con los dolores. Fue un parto feliz y Mamita Pura pudo regresar a su casa esa misma noche con la satisfacción de haber cumplido, una vez más, con su sagrada misión de ayudar a una mujer en el trance de dar a luz.

Según la costumbre, mi madre tenía que permanecer en cama durante ocho días, durante los cuales, le servían viandas especiales que la tradición prescribía para las recién paridas. Cuando el nacimiento de mis hermanos menores, era una delicia, para mis hermanos y yo, ir a la habitación de mamá, a la hora de comer, a que ella compartiera con nosotros su comida especial.

Nacer en aquellos días era todo un solemne ritual, que rompía la cotidianidad de la existencia y marcaba la importancia del don de la vida. 

Todo hubiera seguido como siempre había sido si no es por el viento. En marzo, no es de extrañar que sople viento de día y de noche, pero, en este caso fue algo diferente. A mi madre comenzó a despertarla el rugido de un vendaval que azotaba los higuerones y les rompía las ramas. Llamaba a mi padre que salía al patio para encontrarse con una tibia noche, un cielo cuajado de estrellas como sólo se puede contemplar en una noche campesina, y un viento normal. Todo pudo quedar en una pesadilla de mi madre si no hubiera ocurrido lo mismo varias veces. Había que actuar. El Malo rondaba la casa y, yo, “moro”, no estaba resguardado. Todos aconsejaron cristianarme cuanto antes.

La costumbre de la Iglesia era que los niños fueran prontamente bautizados y así debe ser. Pero, en la mayoría de nuestras parroquias interioranas eso no era posible. Las distancias, los caminos, viajar a caballo, que no se aconsejaba a las recién paridas, todo dificultaba cumplir con el bautizo cuanto antes. Nuestros curas, con prudencia paternal, aconsejaban bautizar cuando la criatura cumpliese los tres meses de nacida. Y eso se hacía.

No hubo más remedio. Mi madre tuvo que montar a caballo a los 29 días de haberme dado a luz, y con mi padre y mis padrinos, cabalgar las cuatro horas de distancia hasta la parroquia donde fui bautizado, el cuarto domingo de cuaresma, 4 de abril de 1943.

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