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El maestro Félix

El maestro Félix

Según una tradición judía, hay siempre en el mundo treinta y seis justos modestos, humildes e ignorados por el resto de las personas y que, sin embargo, son «las piedras fundacionales del mundo», «el sostén del mundo», o lo que es lo mismo, la justificación ante Dios de la existencia del hombre. 

Cuando ellos desaparezcan, el mundo acabará.

En la Biblia tenemos la tradición de los anawim, que es una palabra aramea que designa a los “pobres de Yahvé. Son los que hacen realidad tangible y visible el contenido de la primera bienaventuranza de San Mateo: “dichoso los pobres de espíritu”: hombres y mujeres justos que se han guardado de adorar a los ídolos de este mundo que son la soberbia del poder, la ambición del tener y la molicie del placer y han puesto toda su esperanza en Dios como su única y verdadera riqueza.

La idolatría de la trinidad mundana cunde hoy abiertamente y sin ningún obstáculo, al contrario, parece que es lo “políticamente correcto”, lo que significa que ningún cristiano debe aceptarla. El cristiano es el único rebelde, el único y verdadero revolucionario en estos tiempos y por eso, vendrá la persecución porque nos negaremos a doblar la rodilla ante los ídolos propuestos por el estado.

Los anawim son sencillos, trabajadores, piadosos y buenos con todos. Son parte del “remanente” que se mantendrá fiel y que el Señor encontrará en vela cuando venga.

Estos pobres de Yahvé los encontramos en nuestras comunidades como una bendición y el pueblo santo sabe reconocerlos y distinguirlos con algún título especial: es el “Maestro”, la “Maestra”, la “Niña”… Uno de estos pobres de Yahavé fue el “maestro Félix”.

Fue una gracia del Señor conocer y tratar al maestro Félix, aunque por poco tiempo. Murió al año y siete meses de haber llegado yo a la parroquia. Poco tiempo, pero suficiente para conocer su valía. Hombre sencillo, humilde, trabajador y piadoso. Toda su vida sirviendo a la Parroquia como sacristán, conocía el secreto, que pocos o quizá nadie sabe ya, de hacer cantar a las campanas según la solemnidad que se celebraba. Que no es lo mismo repicar las campanas en las solemnidades patronales que en cualquier otra celebración; ni doblarlas para llorar la muerte de un cristiano adulto, que para anunciar con lágrimas reprimidas que la comunidad cuenta con un nuevo “angelito” en el cielo.

Pienso que el maestro Félix fue, en su sencillez y humildad, quizá un “guardián de los recuerdos” de su pueblo y por ello, se le llamó “Maestro”. 

El título de “Maestro” que el Pueblo le da a alguien se debe a que esa persona encarnó en sí misma y enseñó con su ejemplo, valores propios y muy apreciados por toda la comunidad. El maestro Félix con su vida, su actuación, su servicio a los vecinos del pueblo, enseñó donde estaba la verdadera riqueza del pueblo. Un pueblo rico en gente trabajadora y honrada, de recia y sencilla devoción, celoso de sus tradiciones profanas y religiosas. 

Dicen que al morir Santa Teresita del Niño Jesús, sus hermanas de comunidad se preguntaban qué podrían decir de esta hermana. Su estancia en el convento había sido breve, apenas unos nueve años y no había sobresalido en nada especial. Había cumplido religiosamente con lo que tenía que hacer. El secreto estuvo en cómo y por qué lo hizo. Por ello, hoy día, es doctora de la Iglesia. También el maestro Félix hizo lo que tenía que hacer: cumplir con la voluntad de Dios sirviéndole en sencillez y humildad. Pasó su vida sirviendo a la Iglesia como sacristán, acompañando a los vecinos del pueblo en sus dolores y alegrías y trabajando duro cada día para comer el pan en honradez y tranquilidad de conciencia.

Así como el maestro Félix, hay muchos más siervos y siervas de Yahvé que sólo han hecho lo que tenían que hacer, lo hicieron de un modo extraordinariamente bien por la fe y el amor con que lo hicieron.