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El sueño de Dios en mí

Debes ser el mejor, sacar excelentes notas, escoger una carrera con futuro, ser una persona competente, para que así puedas encontrar un trabajo que te aporte estabilidad económica”, ¿cuántas veces hemos escuchado expresiones similares?

¡Tantas responsabilidades para tan corta edad! A primera impresión parece que la vida se resumiera a seguir estos “simples” pasos para alcanzar el éxito, pero muchas veces en ese proceso perdemos la esencia: la de ser humanos.

No es raro escuchar decir que la juventud está en crisis, lo que se conjuga con el hecho de que algunas realidades sociales como la falta de recursos económicos, el desempleo, las pocas oportunidades para estudiar, entre otras situaciones; limitan la posibilidad que tienen de cumplir sus sueños.

De un momento a otro nos vemos cargando sueños truncados, esperanzas rotas, que nos desmotivan y se llevan la belleza de la alegría juvenil, y ¿qué es un joven sin alegría?

Dejemos que lo diga San Juan Pablo II: “Un joven sin alegría y sin esperanza no es un joven auténtico, sino un hombre envejecido antes de tiempo”.

Puede que por nuestros sueños nos llevemos un par de decepciones, pero soñar es inherente al ser humano y especialmente a los jóvenes.

Como cristianos estamos invitados a anhelar esas realidades no exclusivamente para nuestro beneficio individual, sino también para el beneficio de nuestros semejantes.

Es preciso que abras el corazón a su Santa Voluntad. Algunos medios de ayuda son la lectura orante de la Palabra de Dios, la vida de gracia ejercida a través de la práctica de los sacramentos y la lectura de libros espirituales, que fortalecen el ejercicio cotidiano de las virtudes; todo acompañado por el diálogo fecundo de la oración.

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