Laicos

El tiempo apremia

El creyente en Cristo debe entregarse con plena confianza a las manos de Dios en lo que se refiere al futuro y, por prudencia, preparase para el mañana.

Roquel Cárdenas

En las últimas semanas del año litúrgico, las lecturas no quieren transmitir una sensación de apremio. De estar preparado porque no conocemos el tiempo ni la hora en que va a ocurrir los acontecimientos. Hace poco tuvimos que vivir aunado a la pandemia del COVID-19 la inclemencia del tiempo que provocó lamentables desastres naturales. Eso puede producir una sensación de impotencia y de cierta incertidumbre, con respecto a lo que nos depara el futuro.

El creyente en Cristo debe entregarse con plena confianza a las manos de Dios en lo que se refiere al futuro. Es imperativo abandonar toda curiosidad mal sana al respecto. Esto no tiene nada que ver con el sentido de responsabilidad que nos impulsa a tomar previsiones. El hombre prudente, sabe preparase para el mañana. Se esfuerza por tomar control de todo lo que está en su mano, de tal manera que puede estar preparado para prevenir cualquier eventualidad. Dicho de otro modo, es estar preparados para prevenir lo previsible.

Pero hay cosas que definitivamente escapan a nuestro control. En este caso es cuando se pone a prueba nuestra fe en ese Dios amoroso, que todo lo dispone para el bien de los que le aman.

Acudamos al Señor para que custodie nuestros corazones y pensamientos.

«Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio”, Romanos, 8, 28.

Algunos se dejan envolver por la desesperanza como aquel que se encuentra rodeado por fuerzas que lo sobrepasan y se consideran como hojas llevadas por el viento, sin voluntad ni expectativas de poder seguir adelante. Otras personas se dejan embaucar por estafadores que comercian con el miedo y la inseguridad de su prójimo. Estas personas prometen que a través de su poder o por la evocación de otras fuerzas, que podrán conocer lo que ocurrirá en el futuro y evitarles el infortunio.

Frente a esos falso profetas, debemos refugiarnos en la Palabra de Dios que nos enseña:

«No se inquieten por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presenten a Dios sus peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús», Filipenses, 4, 6s.

En situaciones de apremio y de inseguridad, nuestros propios pensamientos puede ser nuestros peores enemigos. Pensemos un momento cuando entramos a un bosque oscuro, donde apenas podemos ver nuestras manos, de inmediato nuestros sentidos se agudizan para estar más alertas y poder proteger la propia vida y salud. Pero esto que puede ser beneficioso, puede llevarnos a que nuestra mente nos juegue malas pasadas y veamos lo que no existe o exageramos los riesgos circundantes. De esta misma forma sino acudimos al Señor para que custodie nuestros corazones y pensamientos, perderemos la paz, no podremos pensar claramente y veremos amenazas donde no las hay. Tampoco podremos prepararnos adecuadamente para lo que viene, sino que el pánico será nuestro pan. El pánico puede provocar en nosotros parálisis o huida despavorida y ninguna de las dos cosas son buenas para nosotros.

Para que podamos evaluar lo que vivimos con prudencia, pidamos a Dios la paz y la fe sin la cual no podremos seguir adelante. No permitamos que el temor o la desconfianza oscurezca nuestra perspectiva, permite que Dios ilumine tu vida.

«No temas, que contigo estoy yo; no receles, que yo soy tu Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo asido con mi diestra justiciera», Isaías, 41, 10.

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