Espiritualidad

Enemigos de la santidad

Estamos ya en Cuaresma, tiempo de conversión y renovación. Por eso, además de reflexionar sobre el camino de la santidad, es bueno pensar en las dificultades y enemigos que encontramos en ese camino.

De ellos tenemos que cuidarnos y defendernos, conocerlos y derrotarlos, son pasos de conversión necesarios para llegar a la santidad. Y de eso nos habla también el Papa Francisco en Gocen y Alégrense (GE).

En primer lugar, hay que perder el miedo a ser santos. Nos suena a algo difícil, incluso raro y aburrido, quizás por el eco de la frasecita sobre el santo triste y los tristes santos… “No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra propia dignidad….. En la medida en que se santifica,

cada cristiano se vuelve más fecundo para el mundo…. No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos»” (GE 32-34).

Si de verdad soy santo, seré más vivo y más humano. Para eso, enseña y advierte Francisco, debo superar dos obstáculos, dos sutiles enemigos de la santidad, dos falsificaciones que nos desvían del camino. Responden a dos herejías muy antiguas (el gnosticismo y el pelagianismo), que traducidas a nuestro lenguaje serían una mente sin Dios y sin carne y una voluntad sin humildad. Pensemos hoy en la primera.

El “gnosticismo” actual implica mucha cabeza, pero poco corazón; mucha teoría, pero ninguna práctica; lo importante es saber, no hacer o vivir. Así lo describe el Papa: “El gnosticismo supone «una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos.

Gracias a Dios, a lo largo de la historia de la Iglesia quedó muy claro que lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos y conocimientos que acumulen.

Los «gnósticos» tienen una confusión en este punto, y juzgan a los demás según la capacidad que tengan de comprender la profundidad de determinadas doctrinas. Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones. Al descarnar el misterio finalmente prefieren «un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo».

En definitiva, se trata de una superficialidad vanidosa: mucho movimiento en la superficie de la mente, pero no se mueve ni se conmueve la profundidad del pensamiento.

Sin embargo, logra subyugar a algunos con una fascinación engañosa, porque el equilibrio gnóstico es formal y supuestamente aséptico, y puede asumir el aspecto de una cierta armonía o de un orden que lo abarca todo.

Pero estemos atentos. No me refiero a los racionalistas enemigos de la fe cristiana. Esto puede ocurrir dentro de la Iglesia, tanto en los laicos de las parroquias como en quienes enseñan filosofía o teología en centros de formación. Porque también es propio de los gnósticos creer que con sus explicaciones ellos pueden hacer perfectamente comprensible toda la fe y todo el Evangelio. Absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan. Una cosa es un sano y humilde uso de la razón para reflexionar sobre la enseñanza teológica y moral del Evangelio; otra es pretender reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo” (GE 36- 39). Lo que conduce a una fe sin misterio y una razón sin límites.

La fe no es algo meramente intelectual, abarca a toda la persona. No basta tener unas ideas en la cabeza, aprender el catecismo, o estudiar teología. Es preciso un encuentro personal con Jesucristo vivo: aceptar su presencia, confiar en Él, poner nuestra vida en sus manos y vivirla en su presencia. Sólo esta experiencia personal, que se alimenta de la palabra de Dios, se comparte y celebra en la comunidad, y se expresa en la oración y en la acción, nos hace realmente cristianos, discípulos y testigos del Señor, hermanos de todos y constructores de un mundo mejor, ¡santos!

¿Es así nuestra fe? ¿Es coherente nuestra manera de vivir con la fe que en teoría profesamos? ¿Qué puedo hacer en este aspecto como propósito de conversión cuaresmal?

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