Clero

Espiritualidad de la adoración

Los contemplativos son especialmente maestros de vida cristiana porque han adquirido una ‘sapientia cordis’, una sabiduría de corazón, por su contacto asiduo y amoroso con el Misterio.
El peso de las palabras de un contemplativo, cuando nos habla de Cristo, es un peso específico y único: no habla de memoria, ni suelta un discurso ya establecido, acomodado a las circunstancias, sino que el verdadero contemplativo rezuma amor a Cristo y habla de ese amor que él ha descubierto porque el Señor se lo ha entregado. Sus palabras merecen atención para que dejen un poso interior.
Carlos de Foucauld es el gran contemplativo de la Eucaristía, cuya vocación y misión en la Iglesia fue adorar al Santísimo para que la vida de Cristo llegase a todos. Simplemente estuvo horas y horas cada día a los del Santísimo expuesto.
Cuando estamos en la adoración eucarística, reposada, sin prisas, llena de amor, la Iglesia se ve santificada y oleadas de gracia salen del Corazón de Cristo a todos los hombres por nuestra intercesión y adoración. Tal vez nos falta esta perspectiva en la adoración, y será Carlos de Foucauld quien nos vaya educando en ella.
¡Cuántas gracias habremos de dar por esta Presencia de Jesús en nuestro Sagrario, en el Sagrario de nuestro parroquia, de nuestra iglesia! ¡Qué agradecimiento debe brotar del corazón cuando vemos a Jesús en la custodia y podamos ser admitidos en su Presencia! Es un don y una gracia inestimables.
Desde el Sagrario se irradia luz a las almas, y así hemos de pedírselo al Señor cada vez que oremos y adoremos al Señor en el Sacramento: que este Sagrario concreto, de esta parroquia, de esta iglesia, irradie su luz sobre las almas que están a oscuras, o que vacilan y dudan, o que sufren… No hay mejor faro que la luz que Cristo emana de su Presencia misma en el Sagrario.

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