Espiritualidad

Espiritualidad y Antiguo Testamento

P. MIGUEL ÁNGEL KELLER, OSA

En una ocasión, quise regalar a alguien una Biblia y me contestó que no le interesaba porque era un libro muy antiguo…Algo parecido puede ocurrirnos a los cristianos en relación con el Antiguo Testamento, que recoge la revelación de Dios al pueblo de Israel. Sin embargo, el Concilio Vaticano II afirma que “los libros del Antiguo Testamento manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre, y las formas de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la condición del género humano en los tiempos que precedieron a la salvación establecida por Cristo. Estos libros, aunque contengan también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina. Por tanto, los cristianos han de recibir devotamente estos libros, que expresan el sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del hombre, y tesoros admirables de oración, y en los que, por fin, está latente el misterio de nuestra salvación”, (Constitución sobre la Divina revelación, DV 15).

La revelación de un Dios vivo que está presente y actuante en la historia, la idea central de la alianza entre Dios y su pueblo, y los admirables tesoros de oración que contiene son sin duda las tres principales enseñanzas y riquezas que aporta el Antiguo Testamento a la espiritualidad cristiana.

  • El DIOS VIVO presente en la historia. “Yo soy el que soy” (ver Ex 3,7-15). Se han propuesto muchas interpretaciones a las enigmáticas palabras con que Yahvé Dios se presenta a Moisés. Desde quienes ven en ellas una interpretación “metafísica” de la divinidad (la esencia de Dios se identifica con su existencia), a quienes la consideran una declaración de teología negativa que subraya el misterio de Dios inexpresable en lenguaje humano (Yo soy yo y punto, no se puede descifrar el misterio de Dios con palabras humanas)…Pero en los capítulos siguientes (ver 6,3 ss; 7,5; 10,2;14,4.18.31) se aclara y  se revela el misterio: Yo soy Yahvé, el Dios de la Alianza, el que escucha y acompaña y libera a su pueblo, el que oye el gemido del que sufre;  todo el pueblo y los egipcios conocerán y sabrán quién es Yahvé. Es el centro de la fe de Abrahán y de Israel, y de la fe de todos los creyentes. Creer en un Dios así, presente y actuante, liberador, es un don que los cristianos siempre tenemos que agradecer a Dios y que da sentido a nuestra vida: es la base de una espiritualidad auténtica.
  • La ALIANZA es el tema central del Antiguo Testamento: “ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Ex 6, 7-9) es la promesa que Yahvé hace a Moisés al prometerle la liberación de la esclavitud de Egipto. Una promesa que el Señor cumple de forma extraordinaria y que por parte del pueblo se concreta en la fidelidad a la ley de Dios (decálogo y código de la Alianza). El Éxodo (ver 19-20 ss.), el Deuteronomio (5ss.) y el mensaje de los profetas (ver Jer 30,22) expresan y reiteran la importancia de esta relación fundamental entre Yahvé e Israel. Una alianza no política, militar o comercial, sino interpersonal:  de amistad y de amor. Que exige fidelidad (siempre guardada por Dios a pesar de la infidelidad del pueblo) y que no se reduce al culto, pues el Decálogo incluye con fuerza los mandamientos en relación con los demás.
  • Una escuela de ORACIÓN. Los salmos recogen la experiencia espiritual de los israelitas piadosos, ayudan y enseñan a orar con palabras y sentimientos agradables a Dios, inspirados por Él. “El Señor es mi pastor…” ¿Quién no se ha conmovido al leer, meditar y orar el salmo 23, seguramente uno de los textos bíblicos más hermosos? La amorosa relación con Dios, la confianza en su bondad y misericordia, el gozo sereno de poner mi vida en sus manos, el llamado a ser todos buenos pastores, pasan de los labios al corazón de quien ora con este salmo. Y con otros muchos de diversos temas y en distintas situaciones humanas: alegría y tristeza, sufrimiento y problemas, pecado y perdón… No en vano la Iglesia nos invita a orar todos los días con los salmos.  

Aprendamos a leer el Antiguo Testamento, a interpretarlo a la luz del Nuevo Testamento y del Magisterio de la Iglesia, para que enriquezca y fortalezca nuestra espiritualidad.

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