Espiritualidad

Espiritualidad y tolerancia

Hace años, un grupo internacional de jóvenes recorría el mundo ofreciendo conciertos en muchos países. Se presentaba con el nombre de “Viva la gen-te”, porque ese era el título de la pieza musical que ocupaba el centro de todas sus actuaciones. Cantaban también otra canción titulada “De qué color es la piel de Dios”, cuya letra era muy hermosa y significativa:

– “Buenas noches dije a mi hijo pequeño, cuando cansado se acostó,

– Entonces él me dijo con clara voz: Papá ¿de qué color es la piel de Dios?

– ¿De qué color es la piel de Dios? Yo le dije: blanca, roja, negra, amarilla es,

Todos son iguales ante el Señor, todos son iguales a los ojos de Dios.

Todos hemos oído muchas veces hablar de tolerancia y pluralismo. Tolerancia es el respeto hacia ideas, creencias o prácticas cuando son diferentes o contrarias a las propias. Pluralismo es el reconocimiento de muchos sistemas, principios o realidades.

Vivimos en un mundo pluralista. Basta salir a la calle para observar personas de distintas razas, estilos de vestir, formas de pensar, religiones, ideologías políticas y aficiones artísticas o deportivas … Esto a veces ocasiona conflictos (cuando hay personas intolerantes, que quieren imponer a los demás lo que ellos piensan o hacen), pero normalmente se vive en un clima de respeto y tolerancia hacia los demás.

Esta actitud de tolerancia y respeto es el ideal ético para la convivencia social, pero no es tan fácil de conseguir. De hecho, la historia humana está llena de conflictos e intolerancias que han causa-do siempre enfrentamientos, divisiones, violencia y hasta guerras. La misma religión, que en principio debe ser fuente de paz, respeto y fraternidad, se ha con-vertido y puede convertirse también hoy en causa de luchas y sangrientas guerras, llamadas por eso “guerra de religión”. O ha sido utilizada, y sólo en la cultura cristiana para imponer creencias o condenar a herejes.

El motivo siempre ha sido el mismo: no tolerar la religión de los demás y tratar de imponer la mía. Y el resultado ha sido y será también siempre el mismo cuando la imposición o la intolerancia se refieren a otros aspectos personales o sociales(política, ideología, economía, intereses…). Hasta hubo no hace mucho una guerra del fútbol…

Toda persona o grupo humano tiene derecho a elegir su religión, sistema socio-político, formas culturales propias. La represión o supresión de este derecho y la imposición por parte de otros de cualquier opción en estos aspectos es una grave injusticia, especialmente en relación con los que no tiene poder o están en minoría. Algo que deben siempre tener en cuenta los gobiernos, las autoridades públicas civiles o religiosas, los padres de familia y educadores. Porque, si somos sinceros, nos daremos cuenta de que en el fondo de nosotros mismos aparece no pocas veces un pequeño dictador intolerante, que no respeta a los demás, intenta imponerle las propias ideas o, simplemente, rechaza y aparta al que no  piensa, actúa o habla como yo…

¿Y si el otro se equivoca o actúa mal? Pues tiene derecho a equivocarse, y me-rece respeto: “el que yerra es siempre y ante todo un ser humano y conserva en cualquier caso su dignidad de persona, y ha de ser considerado y tratado siempre como conviene a tan alta dignidad”, afirma Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris. Pero eso no implica, claro está, que pueda hacer daño a los demás.

Por eso no hay que confundir la tole-rancia y el respeto al pluralismo con el relativismo: es la postura de quien afirma que todo es relativo, no existen el bien ni la verdad, todo depende de lo que cada uno piensa y por lo tanto cada uno puede hacer lo que le dé la gana. En otras palabras: hay que tolerar y aceptar a todos, también al asesino, el violador, el terrorista y el dictador…

No es cierto. Hay que respetarlos como personas, pero no se puede tolerar que ellos no respeten a los demás. Ya decía san Agustín: “Ama al pecador, pero odia al pecado”. Porque sí existe el bien y la verdad. Lo que ocurre es que no siempre se descubren con completa claridad (“la verdad no es mía ni tuya, para que pueda ser mía y tuya”, decía el mismo san Agustín) y cada uno tiene la obligación y el derecho de buscarlas y encontrarlas por su camino, a su manera, y según su conciencia y modo de pensar. El único límite es no engañar ni hacer daño a los demás, que tienen la misma obligación y el mismo derecho…

El Señor murió perdonando a sus verdugos y resucitó para salvarnos a todos. La Pascua en buen momento para creer en la tolerancia y el diálogo. Con quienes piensan de forma distinta, y también dentro de la comunidad cristiana. Sin fanatismos y buscando siempre lo que une más que lo que separa: todos somos distintos, pero todos somos humanos y llamados a  respetarnos y entendernos fraternalmente.

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