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¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 28-29).

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Hoy celebramos al apóstol San Tomás, al que algunos denominan “apóstol de la incredulidad”, pero como dijo el Arzobispo de Panamá, Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, realmente es Tomás es el apóstol de la sinceridad.

Y esta fiesta nos enseña que en medio de nuestra incredulidad en el alma y en el corazón, Monseñor Ulloa invitó a tener como Tomás, un encuentro con Jesús, y también nos recuerda que los santos no eran perfectos y Tomás es un buen ejemplo. 

Dijo que a pesar de que de que Tomás, vivió, comió, bebió y caminó en la compañía de Jesús; escuchó sus palabras, sus enseñanzas, y de todo que realizó, no creyó, incredulidad que sigue moviendo el corazón de los hombres en todos los tiempos.

“Vivimos, muchas veces, una fe infantil, inmadura, ingenua, y por eso deslizamos en las decepciones, caemos y no levantamos”, indicó Monseñor Ulloa, tras señalar que ojalá permitamos que, como el apóstol Tomás, tengamos la gracia de despertar para la fe verdadera, para la fe que es capaz de tragar el sufrimiento, los dolores, las decepciones y madurar”.

Exhortó a que junto con Tomás, también nosotros tengamos un encuentro con Jesús. “Mostrémonos tan humanos como somos, pero dejémonos conducir por su camino para que también nosotros lo descubramos como nuestro Dios y nuestro Señor”, señaló.

“Señor mío y Dios mío”, lo mismo exclamamos cada vez que el sacerdote alza la sagrada Hostia, y el Arzobispo de Panamá afirmó; “dichosos nosotros, si, en ese momento, aun cuando nuestros ojos de carne no vean sino apariencia de pan, vemos tras esa humilde apariencia, por la fe, al Hijo de Dios vivo con su cuerpo, sangre, alma y divinidad”. 

 

A continuación, el texto completo de la Homilía de Monseñor Ulloa desde la capilla de su casa.

Viernes de la XIII semana

Mons. José Domingo Ulloa M.

“Tomás respondió: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 28-29).

Hoy, tenemos la gracia de celebrar el apóstol San Tomás. Algunos denominan “apóstol de la incredulidad”, pero no es.  Él es el apóstol de la sinceridad.

Todos nosotros tenemos incredulidad en el alma y en el corazón, solo que no reconocemos nuestra incredulidad, ocultamos muchas cosas que somos incrédulos en creer, o entonces es la falta de fe y confianza que tenemos en el Señor y en Su Palabra.

Por eso, esta fiesta del Apóstol Tomás nos recuerda que los santos no eran perfectos y Tomás es un buen ejemplo. Observa cómo eran los apóstoles, el “cimiento” sobre el cual se fundó la Iglesia: Pedro no entendió a Jesús y lo negó, y todos, excepto Juan, lo abandonaron. Tomás mismo aseguró que no creería que el Señor Jesús había resucitado hasta no meter su propio dedo en las llagas de sus manos y en la herida de su costado.

Pero este no es el final de sus historias. Jesús le dio a Pedro la oportunidad de confesarle tres veces que lo quería, para contrarrestar las tres veces que lo había negado. Luego, Pedro fue el jefe de la Iglesia primitiva. El Señor también se dejó ver por Tomás y le permitió ver sus heridas. Una vez que Tomás vio a Jesucristo resucitado, hizo una de las declaraciones de fe más reveladoras que se puede encontrar en el Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!” (Juan 20, 28). Luego, Tomás fue a proclamar el Evangelio hasta la India.

Reconocemos que Tomás fue incrédulo a la primera vista y, con mucha sinceridad, expresó: “Mira, si yo no vengo, si no toco, no voy a creer que Él realmente resucito”.

Tomás, vivió, comió, bebió y caminó en la compañía de Jesús. Él escuchó las palabras del Señor, las enseñanzas, fue testigo de todo que Jesús realizó, pero no creyó.

La incredulidad mueve el corazón de los hombres en todos los tiempos; la incredulidad toma cuenta también de nuestro corazón, muchas veces, fruto de la decepción con nosotros, con la vida, con el mundo, con la Iglesia y con nuestra propia relación con Dios.

La decepción es consecuencia de la frustración, cuando engendramos expectativas en las cosas y ellas no ocurren de la forma que queríamos o de la forma que esperábamos. No es que el hecho sea frustrante, es la expectativa que ponemos en el hecho, en las personas y en los acontecimientos que nos frustran.

Vivimos, muchas veces, una fe infantil, inmatura, ingenua, y por eso patinamos en las decepciones

Ponemos las expectativas, fruto de la imaginación, en aquello que queremos, que esperamos y no de aquello que, de hecho, las cosas son.

Imaginemos la imagen que Tomás formo de Jesús, como muchos apóstoles: un superhéroe, un imbatible, alguien que jamás va a pasar por una caída. Sin embargo, de repente, él contempla un Jesús que sufre, padece, que es rechazado, maltratado, crucificado y muerto; entonces, no cree que Él resucito.

La fe lo decepcionó a él, pero no es porque la fe es decepcionante. Lo es la forma como él guio su fe. De la misma forma, nosotros, muchas veces, decepcionamos en la fe, porque la guiamos para que ella nos de lo que queremos.

Muchas personas no pueden tener decepciones, porque piensan: “Dios me va a honrar”. “Dios me va a dar todo lo que pedí”.

“Porque Dios me a conceder de la misma forma que quiero las cosas”. ¡Disculpa, pero te vas a decepcionar, si tú ya no te has decepcionado!

No es porque Dios decepciona, por el contrario, Él nos llena con todo que necesitamos, pero nosotros no pensamos en aquello que realmente necesitamos, sino en aquello que queremos, porque, muchas veces, lo que queremos no es aquello que recibirnos, y por eso nos decepcionamos.

Permitamos que, como el apóstol Tomás, tengamos la gracia de despertar para la fe verdadera, para la fe que es capaz de tragar el sufrimiento, los dolores, las decepciones y madurar en la fe. Vivimos, muchas veces, una fe infantil, inmatura, ingenua, y por eso deslizamos en las decepciones, caemos y no levantamos.

Es el momento de madurar. Aquí para nosotros, Tomás es el apóstol de madurez de la fe, aquel que sale de una fe infantil para una fe auténtica, para más allá de las decepciones y esperanzas humanas que viene de los pensamientos y sentimientos vacíos.

Pongamos en el Señor nuestro corazón, porque Él jamás nos decepciona.

El camino de Tomás es el largo itinerario que va desde la humana desconfianza, hasta la plena confesión del arrodillado que humildemente exclama: “¡Señor mío y Dios mío!”.  Ese tiene que ser nuestro itinerario de fe, nuestro mismo camino, desde la humanidad, desde lo cotidiano, desde lo muy concreto, descubrir la presencia de Jesús en medio de nosotros.

Ese Jesús capaz de recordarnos que Él es el camino, la verdad y la vida. Ese Jesús que es cierto que habla de la cruz, pero como un camino de salvación. Ese Jesús que es capaz de invitarnos a tocar sus llagas, a mirar sus heridas, para descubrir la verdad de su misión.

Hoy junto con Tomás también nosotros tengamos un encuentro con Jesús. Mostrémonos tan humanos como somos, pero dejémonos conducir por su camino para que también nosotros lo descubramos como nuestro Dios y nuestro Señor.

Estos apóstoles fueron parte de la familia de Dios, tanto cuando demostraron falta de fe o debilidad como cuando llegaron a ser valientes héroes de la fe. Esto significa que tú también eres parte de esta familia cuando te das cuenta con dolor de tu debilidad y falta de fe. De hecho, este es un gran comienzo, porque entre más reconoces que necesitas al Señor Jesús, mejor dispuesto estarás a encontrarte con él y recibir su gracia. Fíjate en Tomás: Jesús no le negó la oportunidad de tocar sus heridas, sino que lo invitó a superar su debilidad y profundizar su fe.

Tú eres parte de la familia de Dios, y en esta familia, los santos son tus hermanos mayores. Ellos tienen mucho que enseñarte, especialmente a través de sus historias sobre cómo Dios los aceptó y continuó su obra en ellos. Puedes estar seguro de que Dios también te aceptará y realizará su obra en ti; pues según su plan perfecto, él te creó para que seas santo como él es santo.

“Amado Jesús, gracias por aceptarme como parte de la familia de los santos”.

Por eso nunca se nos olvide: Pensaba Jesús en nosotros, en ti y en mí, cuando dijo a Tomás: ¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto. En nosotros pensaba Pedro, cuando escribió: Sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis (1Pe 1, 8).

Ahí te dejo un trabalenguas: Bienaventurados los que crean sin haber visto significa «Bienaventurados los que vean lo que vio Tomás, sin ver lo que vio Tomás».

Te lo descifro: Tomás vio, con sus ojos de carne, el cuerpo de carne, resucitado, del Salvador. Vio sus llagas, vio sus manos, contempló, abierto, su costado… Nada de eso lo vemos nosotros cuando miramos a la sagrada Hostia.

Y, viendo con sus ojos de carne el cuerpo del Salvador, Tomás vio, por la fe, al Hijo de Dios vivo. Por eso exclamó, sobrecogido: ¡Señor mío y Dios mío!

Lo mismo exclamamos, tú y yo, cada vez que el sacerdote alza la sagrada Hostia. Dichosos nosotros, si, en ese momento, aun cuando nuestros ojos de carne no vean sino apariencia de pan, vemos tras esa humilde apariencia, por la fe, al Hijo de Dios vivo con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.

 PANAMÁ, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos, por Panamá -Quédate en casa.

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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