Espiritualidad

Fraternidad, diálogo y amistad social

El diálogo a todos los niveles (personal, familiar, social, nacional, internacional, cultural…) es el instrumento privilegiado para solucionar pacíficamente las diferencias.

P. Miguel Ángel Keller, osa

“Hablando, se entiende la gente”, suele decirse. Y no sólo la gente, sino también los pueblos y las culturas. El diálogo a todos los niveles (personal, familiar, social, nacional, internacional, cultural…) es el instrumento privilegiado para solucionar pacíficamente las diferencias, lograr consensos y construir la unidad y la comunión. Así lo expresa claramente el Papa Francisco, subrayando además que un mundo pluralista como el nuestro reclama necesariamente la práctica del diálogo y la actitud de “amistad social”.

Pero ¿qué es el diálogo y cuáles son sus exigencias e importancia. “Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo “dialogar”. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar. No hace falta decir para qué sirve el diálogo. Me basta pensar qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades. El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta”, (Fratelli Tutti, FT 198).

El diálogo sereno y auténtico es dificultado a veces por el “manoseo” (palabra muy significativa usada textualmente por el Papa) de noticias y el “febril intercambio de opiniones en las redes sociales, muchas veces orientado por una información mediática no siempre confiable. Son sólo monólogos que proceden paralelos, quizás imponiéndose a la atención de los demás por sus tonos altos o agresivos, (FT 200).

Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva

Especial importancia tiene el diálogo social, para construir una nueva cultura, la cultura del encuentro. “El diálogo entre las generaciones, el diálogo en el pueblo, porque todos somos pueblo, la capacidad de dar y recibir, permaneciendo abiertos a la verdad. Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva: la cultura popular, la universitaria, la juvenil, la artística, la tecnológica, la cultura económica, la cultura de la familia y de los medios de comunicación»”, (FT 199).

“La falta de diálogo implica que ninguno, en los distintos sectores, está preocupado por el bien común, sino por la adquisición de los beneficios que otorga el poder, o en el mejor de los casos, por imponer su forma de pensar. Así las conversaciones se convertirán en meras negociaciones para que cada uno pueda rasguñar todo el poder y los mayores beneficios posibles, no en una búsqueda conjunta que genere bien común. Los héroes del futuro serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales. Dios quiera que esos héroes se estén gestando silenciosamente en el corazón de nuestra sociedad”, afirma Francisco, (FT 202).

El auténtico diálogo social exige por eso respeto al otro y a su punto de vista, búsqueda sincera de la verdad íntegra al servicio de los últimos para construir el bien común por encima de los propios intereses, rechazo del poder manipulador (puede ser económico, político, mediático, religioso o de cualquier género), no esconder ni deformar información, excluir la violencia y el relativismo, que tienen el riesgo de que se imponga el más poderoso o el más hábil. En cambio, «ante las normas morales que prohíben el mal intrínseco, no hay privilegios ni excepciones para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales», (FT 209).

“En una sociedad pluralista, el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso circunstancial. Hablamos de un diálogo que necesita ser enriquecido e iluminado por razones, por argumentos racionales, por variedad de perspectivas, por aportes de diversos saberes y puntos de vista, y que no excluye la convicción de que es posible llegar a algunas verdades elementales que deben y deberán ser siempre sostenidas. Aceptar que hay algunos valores permanentes, aunque no siempre sea fácil reconocerlos, otorga solidez y estabilidad a una ética social. Aun cuando los hayamos reconocido y asumido gracias al diálogo y al consenso, vemos que esos valores básicos están más allá de todo consenso, los reconocemos como valores trascendentes a nuestros contextos y nunca negociables”, (FT 211-212) . «La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida», (FT 215).

 

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