Espiritualidad

Fraternidad y migraciones

Desde la dignidad y los derechos humanos hay que defender y acoger a quienes son obligados a emigrar para poder vivir y desarrollarse humanamente.

El Papa Francisco no es un idealista teórico que evangeliza y dirige la Iglesia únicamente desde lindas palabras y poéticas citas del Evangelio. Lo hace siempre desde la realidad, que conoce y analiza muy bien, buscando aplicaciones prácticas y compromisos concretos que ayuden a vivir y testimoniar el cristianismo, a encarnar la fe y a colaborar en la construcción de un mundo mejor, más justo, más fraterno, más humano.

Y hay una situación real y un tema muy concreto y práctico que el Papa ilumina desde el ideal de la fraternidad proclamado en la Fratelli Tutti (FT). Es el tema y el drama de las migraciones, que afecta cada año a más de medio millón de personas, la mayoría de ellas jóvenes, en el viejo continente europeo. Y que conocemos muy bien nosotros igualmente, nos sólo en la frontera entre México y Estados Unidos sino también en Centroamérica y Panamá.

«No rechazamos a los extranjeros si son ricos, turistas, cantantes y deportistas, los rechazamos si son pobres».

Francisco comienza denunciando que “Tanto desde algunos regímenes políticos populistas como desde planteamientos económicos liberales, se sostiene que hay que evitar a toda costa la llegada de personas migrantes. Al mismo tiempo se argumenta que conviene limitar la ayuda a los países pobres, de modo que toquen fondo y decidan tomar medidas de austeridad. No se advierte que, detrás de estas afirmaciones abstractas difíciles de sostener, hay muchas vidas que se desgarran. Muchos escapan de la guerra, de persecuciones, de catástrofes naturales. Otros, con todo derecho, «buscan oportunidades para ellos y para sus familias. Sueñan con un futuro mejor y desean crear las condiciones para que se haga realidad»” (FT 37).

En muchas ocasiones, los migrantes son víctimas de “traficantes sin escrúpulos, a menudo vinculados a los cárteles de la droga y de las armas, que explotan la situación de debilidad de los inmigrantes, que a lo largo de su viaje con demasiada frecuencia experimentan la violencia, la trata de personas, el abuso psicológico y físico, y sufrimientos indescriptibles”. (FT 38). Sufren siempre el desarraigo cultural y religioso en sus propias personas y familias, muchas veces con dolorosas e injustas separaciones, por lo que evidentemente hay que defender “el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra”.

Muchos migrantes escapan de la guerra, de persecuciones y  catástrofes naturales.

Pero también, desde la dignidad y los derechos humanos hay que defender y acoger a quienes son obligados a emigrar para poder vivir y desarrollarse humanamente, como personas y como familias. Lo que lamentablemente no ocurre con frecuencia en los países de llegada, donde “los fenómenos migratorios suscitan alarma y miedo, a menudo fomentados y explotados con fines políticos. Se difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma». Los migrantes no son considerados suficientemente dignos para participar en la vida social como cualquier otro, y se olvida que tienen la misma dignidad intrínseca de cualquier persona…Nunca se dirá que no son humanos, pero en la práctica, con las decisiones y el modo de tratarlos, se expresa que se los considera menos valiosos, menos importantes, menos humanos”, (FT 39).

Es inaceptable que los cristianos compartan esta mentalidad y estas actitudes, haciendo prevalecer a veces ciertas preferencias políticas por encima de hondas convicciones de la propia fe: la inalienable dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o religión, y la ley suprema del amor fraterno. Y esto ocurre no solamente en la Europa de los países ricos o en los Estados Unidos, sino también en nuestra América Latina y otros países menos desarrollados, que parecieran incapaces de “encontrar un justo equilibrio entre el deber moral de tutelar los derechos de sus ciudadanos, por una parte, y, por otra, el de garantizar la asistencia y la acogida de los emigrantes»”, (FT 39-40).

En pleno mes de la Patria, pensemos en la realidad de Panamá ante los migrantes.

 “Comprendo –dice el Papa- que ante las personas migrantes algunos tengan dudas y sientan temores. Lo entiendo como parte del instinto natural de autodefensa. …Invito a ir más allá de esas reacciones primarias, porque «el problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro»”, (FT 41).

En pleno mes de la Patria, pensemos en la realidad de Panamá ante los migrantes. ¿Somos realmente un pueblo noble y acogedor? ¿Para todos y especialmente para quienes más lo necesitan o solamente para los ricos emprendedores y las multinacionales, que ciertamente traen dinero, pero muchas veces también corrupción). Vale la pena pensarlo, y les invito a buscar el significado de una palabra recientemente inventada en el campo de la ética: APOROFOBIA= odio al pobre y desfavorecido. «No rechazamos a los extranjeros si son ricos o turistas, cantantes y deportistas de fama, los rechazamos si son pobres».

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