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“Hagamos un alto y prestemos atención a nuestros hermanos  y hermanas indígenas”, Monseñor José Domingo Ulloa.

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Este domingo 9 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígena, y la homilía fue dedicada a esta celebración, pero antes el Arzobispo de Panamá, José Domingo Ulloa Mendieta, hizo memoria agradecida al Obispo claretiano Pedro Casaldáliga, fallecido este sábado 8 de agosto.

“Si hoy en la Iglesia, la Amazonía, la periferia, los indígenas se han convertido en el centro, es porque muchos Pedros mostraron la riqueza que ella encierra”, indicó Monseñor Ulloa.

También recordó el natalicio del insigne abogado y jurista panameño Don Justo Arosemena Quezada, y aprovechó para enviar un saludo a los abogados en su día, pero especialmente a esos abogados formadores de muchas generaciones advirtiendo además que la ley más importante “es tu moral; el mejor abogado tus principios, el mejor juez tu conciencia”.

Después de estos saludos, entró a reflexionar sobre la 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos relata el encuentro de Elías con Dios, que presenta el anhelo de todo ser humano, buscar a Dios, encontrarse con Él, un Dios que no lo vamos a encontrar en la violencia, el ruido, en la guerra, en la prisa con la que vamos siempre viviendo nuestra vida, aseguró.

“Si queremos encontrarnos con Dios, es necesario hacer silencio en nuestra vida para reflexionar y orar, porque es en la serenidad y tranquilidad donde vamos a sentir el suave murmullo de Dios, donde vamos a sentir la caricia de Dios y donde vamos a encontrar paz”, dijo textualmente.

Agregó que para entender bien todo el mensaje de esta primera lectura es necesario conocer un poco la personalidad del profeta Elías; profeta impetuoso, amigo de sucesos extraordinarios que hacían quedar pasmados a sus contemporáneos cuando los contemplaban, y estaba convencido de que Dios únicamente se podía hacer presente en las mismas para demostrar su poder y su grandeza.

Y entonces sucede lo que hemos leído. Dios quiere dar una lección a Elías, se le va a presentar en la suave brisa mañanera que relaja, refresca, y parece que te anima a vivir, y resulta que Dios estaba ahí, no en las grandes manifestaciones sorprendentes y terroríficas, donde esperaba el profeta encontrarlo.

Con voz de pastor, explicó que hoy la Palabra de Dios, nos anima para que no tengamos miedo, para que sigamos unidos en la barca, y para que no nos sintamos nunca derrotados, pues el miedo no deja ver la realidad y mucho menos hacer algo; por lo tanto, el “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”, pertenece al mensaje esencial de Jesús.  

La segunda parte de su homilía la dedicó al Día Internacional de los Pueblos Indígenas, como ocasión muy oportuna para hacer un alto y prestar atención a nuestros hermanos y hermanas indígenas, de la cual la Iglesia Católica ha hecho una opción pastoral y preferencial por estos pueblos indígenas que aún los mantienen empobrecidos, discriminados y excluidos; y, como afirma el Papa Francisco, “descartados” por la sociedad.

De ahí la importancia de la Pastoral Indígena, que como indicó el Arzobispo, respeta su identidad étnica y cultural, sin embargo, cree necesario tomar más conciencia de la importancia para nuestra Iglesia y en particular para nuestra Arquidiócesis “incluir a nuestros hermanos indígenas plenamente en nuestra acción pastoral y evangelizadora”.

Para lograrlo advierte que “tenemos que trabajar más en la Pastoral Indígena, en la inculturación en todos los aspectos: teológicos, litúrgicos, catequéticos, bíblicos, sociales, en medios de comunicación, en sus mismas comunidades indígenas”.

Dirigiéndose a las autoridades pidió que, en este tiempo de pandemia, hagan esa opción por aquellos marginados y vulnerables al covid-19, entre ellos, nuestros hermanos y hermanas indígenas. “Esto es una urgencia nacional”, acotó. 

Al finalizar su homilía informó que, en medio de la pandemia, se ha firmado una carta de entendimiento con el Ministerio de Salud, las diversas comunidades de fe del país representadas por el Comité Ecuménico de Panamá, por el Comité Interreligioso, la Alianza Evangélica de Panamá y la Conferencia Episcopal Panameña, para enfrentar la pandemia del Covid-19.

“Nuestra presencia y voz de las diversas comunidades de fe, no es dar una opinión científica, pero, si tenemos claro que el ser humano es una unidad, cuerpo, alma y espíritu, y es desde esta última realidad es que elevamos nuestra voz”, afirmó. 

A continuación, el texto completo de la Homilía de Monseñor Ulloa desde la Capilla del Seminario Mayor San José.

HOMILIA DOMINGO XX TIEMPO ORDINARIO

 9 DE AGOSTO DE 2020, 

DÍA INTERNACIONAL DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS

Hacemos memoria agradecida de Don Pedro Casaldaliga Si hoy en la Iglesia, la Amazonía, la periferia, los indígenas se han convertido en el centro, es porque muchos Pedros mostraron la riqueza que ella encierra. “Somos red, somos Iglesia que quiere caminar unida, compañera y aliada de los últimos, aprendiz, feliz en escuchar a quien habla desde el corazón, con esa mirada limpia y firme, que denuncia y deja claro que estamos al lado de los preferidos de Dios.”

“¿Cómo no luchar juntos? ¿Cómo no orar juntos y trabajar codo a codo para defender a los pobres de la Amazonía, para mostrar el rostro santo del Señor y para cuidar su obra creadora?”. Saludamos especialmente a los representantes de las diversas etnias indígenas presentes en la semana de oración y reflexión por los pueblos indígenas.

Al conmemorar el natalicio del insigne abogado y jurista panameño Don Justo Arosemena Quezada, hacemos memoria agradecida de todos los abogados especialmente de esos abogados formadores de muchas generaciones.  Recuerden juristas “La ley más importante tu moral; el mejor abogado tus principios, el mejor juez tu conciencia”.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos relata el encuentro de Elías con Dios.

Y nos presenta el anhelo de todo ser humano, buscar a Dios, encontrarse con Él, pero a Dios no lo vamos a encontrar en la violencia, el ruido, en la guerra, en la prisa con la que vamos siempre viviendo nuestra vida.

Si queremos encontrarnos con Dios, es necesario hacer silencio en nuestra vida para reflexionar y orar.  Es en la serenidad y tranquilidad donde vamos a sentir el suave murmullo de Dios, donde vamos a sentir la caricia de Dios y donde vamos a encontrar paz.

Para entender bien todo el mensaje de la primera lectura que hemos leído y escuchado es necesario conocer un poco la personalidad del profeta Elías.

Elías fue un profeta impetuoso, amigo de sucesos extraordinarios que hacían quedar pasmados a sus contemporáneos cuando los contemplaban, le gustaban las emociones fuertes, y estaba convencido de que Dios únicamente se podía hacer presente en las mismas para demostrar su poder y su grandeza.

 

Precisamente acaba de vivir uno de estos sucesos, cuando Dios lo empuja a que se vaya de la ciudad, se adentre en el desierto, y suba a la montaña porque Dios va a pasar por allí.

Y entonces sucede lo que hemos leído. Dios quiere dar una lección a Elías, para describirle una nueva forma de manifestación de la divinidad. Primero aparecen, lo que eran las manifestaciones típicas, las sacudidas de la tierra, el viento huracanado, un terremoto, un fuego que lo consume todo, pero allí no estaba Dios, y esto resultaba sorprendente para el profeta, no lo entendía.

Dios se le va a presentar en la suave brisa mañanera (brisa que, por otra parte, solo pueden conocer los que madrugan) esa suave brisa matinal, que relaja, refresca, y parece que te anima a vivir, y resulta que Dios estaba ahí, no en las grandes manifestaciones sorprendentes y terroríficas, donde esperaba el profeta encontrarlo.

Y esta manifestación resultó novedosa para Elías, era algo que no podía intuir. El sorprendido profeta, después de esta manifestación divina, siguió con ímpetu su misión a favor del pueblo de Israel, pero con esa lección ya aprendida por parte de Dios.

Cuando estemos angustiados, cuando pasemos por momentos de sufrimientos, en nuestras dudas, no nos cansemos nunca de buscar a Dios, pero busquemos a Dios con sencillez, con humildad y Él se hará presente en nuestra vida, no de una manera espectacular sino de una manera sencilla como lo hizo con el profeta Elías.

Muchas veces quizá busquemos a Dios en las cosas sorprendentes, llamativas y en la máxima manifestación de nuestra falta de fe, pero con buena intención, le pedimos a Dios una señal espectacular, para que su presencia se haga más evidente, y todos puedan creer.

A Jesús lo podremos descubrir de muchas maneras, pero hoy la palabra de Dios nos ha dicho que especialmente se le descubre en las cosas sencillas, en lo que nos pasa a diario, en nuestra vida corriente de todos los días, en el amor de los hijos, en el cariño de los esposos, en el respeto a los compañeros de trabajo, de oficina, en el convivir diario con los vecinos, en la persona que me encuentro al salir a la calle, en ese suceso familiar que no acabo de entender y que me hace sufrir, en esas cosas y en esas personas, se nos está manifestando nuestro Dios, y quiere que lo descubramos aunque nos cueste, lo mismo que le costó a Elías descubrirlo en esa brisa pasajera y casi insignificante.

Este puede ser un buen motivo de reflexión para esta semana.  Quizás a nosotros nos pase lo mismo que a Elías y Pedro; queremos sentir la presencia de Dios, y estar junto a él, pero cuando aparecen las primeras dificultades, rápidamente comenzamos a dudar, nos sentimos solos, sin nadie que nos auxilie, y nuestra fe se viene abajo. 

Por eso digámosle sin miedo, Señor auméntanos la fe, que te sepamos descubrir y sentir, siempre, incluso cuando parece que más te ocultas de nosotros, incluso cuando nos parezca que no apareces por ningún lado.

Hoy Jesús nos anima para que no tengamos miedo, para que sigamos unidos en la barca, y para que no nos sintamos nunca derrotados. El que tiene miedo, el que se siente derrotado, no hace nada y además ve cómo los problemas se agigantan. El miedo no deja ver la realidad y mucho menos hacer algo.

Por lo tanto, el “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”, pertenece al mensaje esencial de Jesús.  Es la perenne promesa que fue realidad aquella noche para los discípulos en la barca, y quiere ser realidad para nosotros, nos hallemos en la situación que sea.

Tanto la Iglesia, como nosotros, andamos seguros cuando fijamos la mirada en Jesús; pero cuando nos fijamos, sólo, en nosotros mismos, a la más ligera ventisca, temblamos de miedo.

Jesús nos dice: “Ven”, nos llama a seguirlo, a vencer con Él las dificultades, los miedos, la falta de fe. La fe no es seguridad para el cristiano; no es una garantía para los riesgos; no nos abre un camino de facilidad; no nos dispensa del duro oficio de ser hombre; no me facilita el camino; no es una escapatoria de las dificultades de la vida.

A veces, al navegar por el mar de la vida, nosotros queremos que Dios despliegue su poder, su fuerza, su majestad.  Queremos que se haga evidente su esplendor para que la adversidad se disuelva ante Dios y ante nosotros.  Pero Dios es suave brisa que sopla mientras caminamos, que refresca mientras avanzamos, que conforta mientras navegamos.  Nos acompaña de manera tenue, sutil y ligera.  Porque caminamos en la fe, no en la evidencia. Recuerda la fe te permite caminar en la oscuridad, en medio de las dificultades; la fe da sentido a nuestras vidas.  Cuando tenemos fe, esa barca que es la Iglesia no se hunde.  Cuando tenemos poca fe, tenemos que gritar: “¡Señor sálvame!” y entonces Jesús nos da su mano y nos dice ven.

 

Día Internacional de los Pueblos Indígenas

 

En este domingo del Señor, 9 de agosto, también estamos conmemorando el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Ocasión muy oportuna para hacer un alto y prestar atención a nuestros hermanos y hermanas indígenas. La Iglesia Católica ha hecho una opción pastoral y preferencial por los pueblos indígenas, que aún los mantienen empobrecidos, discriminados y excluidos; y, como afirma el Papa Francisco, “descartados” por la sociedad.

Para acompañar a nuestros hermanos y hermanas de los pueblos originarios, se cuenta con la Pastoral Indígena, con un largo proceso pastoral que ha venido dando sus frutos, respetando su identidad étnica y cultural.

Sin embargo, nos falta una conversión a obispos, sacerdotes, religiosas, laicos frente a estos pueblos que han aportado y siguen aportando no solo a la sociedad sino a la misma Iglesia. Aún tenemos mucho que aprender de ellos.

El Papa Francisco en su mensaje a los jóvenes de pueblos originarios, con motivo del Encuentro Mundial de la Juventud Indígena, previo a la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá, además de invitarlos a «volver a las culturas del origen» les exhortó a ser agradecidos por la historia de sus pueblos y valientes frente a los desafíos que les rodean, para seguir adelante llenos de esperanza en la construcción del otro mundo posible».

Ni la juventud ni los pueblos indígenas están solos. Ya lo hemos dicho los obispos en las Conferencias Generales de Santo Domingo y en Aparecida Brasil «Los pueblos indígenas cultivan valores humanos de gran significación» (SD 245), que «la Iglesia defiende… ante la fuerza arrolladora de las estructuras de pecado manifiestas en la sociedad moderna «(SD 243); «son poseedores de innumerables riquezas culturales que están en la base de nuestra identidad actual», (Mensaje 34).

Reconocemos que es necesario tomar conciencia de la importancia para nuestra Iglesia, y en particular para nuestra Arquidiócesis, e incluir a nuestros hermanos indígenas plenamente en nuestra acción pastoral y evangelizadora.

Para ello tenemos que trabajar más en la Pastoral Indígena, en la inculturación en todos los aspectos: teológicos, litúrgicos, catequéticos, bíblicos, sociales, en medios de comunicación, en sus mismas comunidades indígenas.

Hoy queremos dar gracias a Dios por la riqueza de nuestros pueblos indígenas: Guna, Ngäbe, Buglé, Emberá, Wounaan, Teribe/Naso, Bokota y Bri Bri.

Animamos a las autoridades que, en este tiempo de pandemia, haga esa opción por aquellos marginados y vulnerables al Covid-19, entre ellos a nuestros hermanos y hermanas indígenas. Esto es una urgencia nacional.

Distintos, pero no distantes

 

En medio de la pandemia, queremos también resaltar un hecho importantísimo e histórico. Hemos firmado una carta de entendimiento con el Ministerio de Salud, las diversas comunidades de fe del país representadas por el Comité Ecuménico de Panamá, por el Comité Interreligioso, la Alianza Evangélica de Panamá y la Conferencia Episcopal Panameña.

Conscientes que es imprescindible caminar juntos para enfrentar la pandemia del Covid-19, a pesar que cada una lleva adelante su labor de acompañamiento especialmente a los más afectados por la crisis sanitaria, sabemos que existe mayor incidencia si todos unidos articulamos los procesos de ayuda y asistencia, más personas y familias serán atendidas.

Las comunidades de fe tenemos bien claro este dicho: “zapatero a tus zapatos”. Nuestra presencia y voz de las diversas comunidades de fe, no es dar una opinión científica, pero, si tenemos claro que el ser humano es una unidad, cuerpo, alma y espíritu. Y es desde esta última realidad es que elevamos nuestra voz.

Desde que el Covid-19 cayó con toda su furia sobre el mundo, las Iglesias hemos estado junto a los panameños viviendo su drama, acompañándolos en el camino, y sufriendo juntos las consecuencias planetarias de esta pandemia.

Las religiones tienen la función, y es su razón de ser, de aportar una visión y unos principios que orientan, sostienen y alimentan la vida de sus fieles y, con respeto a las creencias que cada individuo pueda tener, ofrece esos principios y esa visión en las sociedades donde está presente para que todos los ciudadanos puedan desarrollar su vida en una mejor forma.

Las comunidades de fe nos esforzamos por escudriñar los “signos de los tiempos”, leer los acontecimientos (buenos o malos) y su significado; aprender de la historia, preguntarnos qué nos dice Dios en esos signos.

Somos distintos, pero no distantes; pero todos creemos en el Amor, en la civilización del Amor, que se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Y supone el esfuerzo comprometido de todos.

Este no es el tiempo de la indiferencia, porque el mundo entero está sufriendo y tiene que estar unido para afrontar la pandemia. Este no es el tiempo del egoísmo, porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace acepción de personas… Este no es tiempo del olvido.

Estamos convencidos que no son momentos para enfrentamientos sino para la unidad, de hacer patria, de estar y sentirnos juntos, todos los panameños y quienes servimos desde la fe a este país maravilloso. La Patria nos demanda que todos encaminemos las fuerzas y energías para consolidar un trabajo juntos, en común unión, para remar en la misma dirección, la sociedad civil, el gobierno y las comunidades de fe.

 

Busquemos que la pandemia «nos dé impulso para construir puentes de amistad y fraternidad, respetando la forma de creer de cada uno».

El crecimiento de la tensión social nos hace ver con claridad que todos los panameños, sin excepción alguna, tenemos que movernos para crear espacios de diálogo, espacios de encuentro fraternal, un diálogo abierto, sincero”, para alcanzar soluciones y seguir avanzando.

No puede ganarnos una actitud destructiva, o de confrontación, no es la cultura panameña. A nosotros nos caracteriza todo lo contrario, la hospitalidad, la cercanía, la hermandad, por eso recemos y que Dios nos libre de todos estos males y vayamos adelante, buscando el desarrollo integral de todo Panamá, de todos los panameños.

Estemos convencidos, no estamos solos, que Dios no nos abandona. El Evangelio nos invita a ser hombres y mujeres de mucha fe, no de poca fe, y a tener certeza de la presencia de la Dios en nuestras vidas. Te invito a que tu oración de estos días sea: Señor, aumenta mi fe. Aumenta nuestra fe porque no podemos dejarnos vencer por el miedo. Aumenta nuestra fe para que podamos abandonar de una vez por todas nuestras inseguridades. ¡Señor, aumenta nuestra fe!

 

 PANAMÁ, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos, por Panamá -Quédate en casa.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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