Este 2026 nos exige invertir en paz y no en armas, porque la paz no debe defenderse con armas, sino construirse diariamente mediante el diálogo y la comprensión mutua.
Miguel Angel Ciaurriz, oar
redaccion@panoramacatolico.com
Cada 1 de enero, el año inicia su andadura exaltando la figura de María como Madre de Dios y rogando por la paz en este mundo nuestro, sacudido por casi sesenta conflictos armados. León XIV, como no podía ser de otra manera, se ha pronunciado sobre el tema de la paz, recientemente, a raíz de lo acontecido en Venezuela con el apresamiento del presidente Nicolás Maduro y su esposa.
Además de esto, el papa León, según leo en Vatican News, ha insistido en que la paz implica, necesariamente, el desarme de los países en conflicto. No parece que se estén dando las condiciones para que en el mundo cambiemos las espadas por arados, ni las lanzas por podaderas (Isaías 2,4). Todo lo contrario: hoy, el miedo al crecimiento de los conflictos bélicos en el mundo ha provocado el aumento del rearme de los ejércitos con el incremento de la producción de armas. Para varios países y gobiernos, el rearme es hoy una prioridad absoluta.

Mientras el mundo se rearma, las palabras del Papa son un llamado a un cambio radical de rumbo: no podemos salvarnos “afilando las espadas”. En este sentido, hay una clara contradicción entre lo que dice el Pontífice y las decisiones tomadas por los gobiernos de numerosos países.
El 2026 ha comenzado con el enérgico llamamiento del Obispo de Roma durante la Misa en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios: “El mundo –dijo– no se salva afilando las
espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a nuestros hermanos y hermanas, sino esforzándonos incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin
cálculos y sin miedo”.
Pero la casa común de la familia humana sigue dirigida por quienes, desde sus posiciones de poder, propagan y alimentan el miedo. El armamento es una prioridad para muchos gobiernos. Por exigencia del presidente Trump, los países que conforman la OTAN deben aumentar su inversión en armamento, actualmente sobre el 2% de su PIB, hasta el 5%. En
este auge del rearme, la voz que llama a la fraternidad y a la paz, a menudo, se ve eclipsada por la lógica de las armas.
Según Vatican News, en varias regiones del mundo, especialmente en las más pobres, el aumento del gasto militar tiene repercusiones sociales, y la tendencia al alza es significativa allí donde las jerarquías militares ocupan el poder político. Los conflictos perturban la economía global, con efectos que se extienden más allá de las fronteras geográficas de los territorios devastados por la guerra.
En los últimos tiempos, los aumentos significativos del gasto militar han sido impulsados por conflictos, especialmente en Ucrania y Oriente Medio, pero también en África y Asia. Estamos en una economía de guerra. En Rusia, por ejemplo, el gasto militar representa el 38% del presupuesto, el nivel más alto desde la época de la Unión Soviética.
Ucrania, por su parte, condicionada por una guerra que no empezó, destina aproximadamente el 31% de su PIB a defensa y, además, recibe mucha ayuda militar de varios países, principalmente europeos. En Israel, el gasto militar ha aumentado drásticamente, con un incremento del 65% para 2024.
Europa no se queda atrás. Alemania y Polonia, que pretenden duplicar sus fuerzas armadas y construir un importante arsenal con armas modernas y aviones de combate, están en esta
carrera armamentista. Es también el caso de Italia, el de España —en menor escala— y del resto de los países europeos, principalmente los más cercanos al escenario de la guerra
entre Ucrania y Rusia. Lo mismo hay que decir de China, la India y de los países africanos.
Los llamamientos del León XIV para que nos tomemos en serio el reto de la paz, nos dicen que “la paz desarmada” exige invertir en paz y no en armas, porque la paz no debe defenderse con armas, sino construirse diariamente mediante el diálogo y la scomprensión mutua que nos permitan confiar unos en otros.
En lo que hay que gastar es en generar confianza en los demás, considerados hermanos y hermanas. Es necesario, por tanto, cambiar nuestra perspectiva, abrir nuestros corazones.
«El Señor», dijo León XIV en el Ángelus del 1 de enero de 2026, «nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una era de paz y amistad entre todos los pueblos».
