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Invitación a ser servidores de la paz

El Santo Padre Francisco en las postrimerías de este año y al acercarse uno nuevo, nos envía a reflexionar sobre el estado ideal que puede tener o aspirar un ser humano, o una sociedad, puesto que así se alcanza una situación de total armonía y equilibrio entre el corazón y la mente, y ese no es otro que la paz.

El mensaje se envía al pueblo de Dios en el marco la 52 Jornada Mundial de la Paz, que se conmemora el 1 de enero de 2019 y cuyo lema es “La buena política al servicio de la paz”.

El Sumo Pontífice dividió su reflexión en diversos puntos que sirven como guía tanto para los servidores públicos, aspirantes a puestos de elección y la ciudadanía en general, siendo algunos de los subtítulos, la Paz en esta casa; El desafío de una buena política; Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz; Los vicios de la política; La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro; No a la guerra y a la estrategia del miedo y sí a un gran proyecto de paz.

Paz a esta casa

El Papa recordó que Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, vol-verá a vosotros» (Lc 10,5-6). Indicó que dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana.

Afirmó que la “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.

“Por tanto, este es también mi deseo al comienzo del nuevo año: Paz a esta casa”, afirmó.

El desafío de una buena política

El obispo de Roma relacionó el significado de paz con la versión que dio el poeta Charles Péguy sobre la esperanza, al definirla como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia.

Manifestó que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia y que la política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

Recordó el mandato de Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35) y recalcó el mensaje del Papa san Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles –local, regional, nacional y mundial– es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad».

Precisó que en efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafía permanente para todos los que reciben el mandato de servir a Jesús… La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.

Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz

Durante el mensaje, Su Santidad trajo a la memoria lo expresado por el Papa Benedicto XVI quien enunciaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. […] El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político.

Señaló que es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana.

Los vicios de la política

En la política, sentenció que desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones.

Agregó que es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”.

La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro

El sumo pontífice puntualizó que cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro.

En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros.

No a la guerra ni a la estrategia del miedo

Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, el Papa Francisco determinó que conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo.

Dijo que mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad y que es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males.

Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de modo particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias.

Un gran proyecto de paz

Destacó la celebración de los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial. Recordó a este respecto la observación del Papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos».

La paz, subrayó, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día..

La política de la paz –que conoce bien y se hace cargo de las fragilidades humanas– puede recurrir siempre al espíritu del Magníficat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; […] acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,50-55).

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