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Julita se ganó el cielo con una cajetilla de fósforos

Raúl Serrano, OSA

El Evangelio nos habla del Señor que vio a una viuda pobre que echaba dos moneditas como ofrenda para el templo y la alabó diciendo que ella había echado más que todos.

El Papa Francisco, comentando este pasaje, nos recuerda que los pobres “no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos… Nos enseñan que una persona no es valiosa por lo que posee, por lo que tiene en su cuenta en el banco. Un pobre, una persona que no tiene bienes materiales, mantiene siempre su dignidad. Los pobres pueden enseñarnos mucho, también sobre la humildad y la confianza en Dios”. (Mensaje para la XXIX Jornada mundial de la juventud, enero 2014).

Pero no todo pobre nos enseña porque no todo pobre lo es en el sentido de las bienaventuranzas. 

La Biblia latinoamericana traduce la primera bienaventuranza de San Mateo como “Felices los que tienen espíritu de pobre, porque de ellos es el Reino de los cielos; y en el comentario explica que “no es el solo hecho de sufrir o de ser pobres que nos hace agradables a Dios, sino una actitud espiritual y una forma de vida. 

Ser pobre es una actitud espiritual, una forma de vida, “una cultura”. Los religiosos hacemos voto solemne de ser pobres y para ello pasamos un año o más de noviciado donde se nos enseña sobre la pobreza y como vivirla, pero, después, sin embargo, se puede pasar toda la vida sin llegar a sentirnos dichosos por ser pobres como dice el Evangelio. No captamos eso de que la pobreza es una actitud espiritual, una cultura; y que optando por esta cultura somos dichosos porque poseemos el Reino de Dios. La pobreza como actitud, como cultura de vida es la puerta para ingresar en el Reino. 

Los religiosos hacemos el esfuerzo para aceptar esta actitud espiritual, pero hay otros a quienes el Señor bendice haciéndolos nacer y vivir gozosamente en esta pobreza: entre estos se contó Julia.

Julita era una mujer sencilla, humilde, muy pobre, que sonreía con los ojos. Así la conocí yo en los últimos años de su vida, pues me tocó presidir la celebración de su funeral. Supe que vivía con un sobrino, y que se ocupaba de hacer “mandados” a los vecinos que la necesitaran. Nada extraordinario hizo en su vida, según los cánones humanos, pero el Señor tiene otras medidas, como dice el Profeta Isaías: “Los proyectos de ustedes no son los míos y mis caminos no son los mismos de ustedes, dice el Señor”. Por ello, pienso que Julita hizo cosas extraordinarias que le ganaron la gloria del cielo.

En mis tiempos de párroco diocesano, aún se usaban velas para señalar la presencia del Señor sacramentado en el altar. Cuando se entraba a una iglesia una buscaba la luz roja en el altar que indicaba la presencia sacramental del Señor. 

Era un acto de amorosa devoción el mantener encendida la vela roja al lado del tabernáculo. En algunas parroquias, había alguna señora devota que se encargaba de que jamás se apagara esa vela, que indicaba algo tan importante como la presencia del Señor. En otras parroquias, el mismo cura tenía que vigilar para que se mantuviera encendida la vela del Santísimo. Ahora en lugar de esa vela se tiene un bombillo eléctrico. Quizá sea más práctico este bombillo, pero, me parece, que hemos perdido el simbolismo de la vela que se consume lentamente delante del Señor. ¿No tiene que ser eso la vida del Cura y, por extensión, la vida de cada cristiano?

Pienso que el Señor, del modo misterioso que Él sabe, le había revelado a Julita ese sentido y la importancia de la luz del Santísimo. 

Los domingos, la gente entregaba sus ofrendas al Señor según sus posibilidades o devoción. Julita, cada domingo antes de la misa, me llevaba a la sacristía una cajetilla de fósforos para que le encendiera la lámpara al Santísimo.

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