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La alegría de la cincuentena

Luego del domingo de resurrección, durante los siete domingos de la cincuentena pascual, celebramos con mucha alegría y júbilo que el Señor está vivo y que por su muerte y resurrección ganó para nosotros la oportunidad de la vida eterna.  Reina la esperanza por la vida nueva de los neófitos (los bautizados en la Vigilia Pascual) y por la venida del Espíritu Santo (Pentecostés) con la que se concluye el tiempo pascual.  Es un tiempo de compartir comidas y bebidas, no de ayunar. En las celebraciones litúrgicas, se canta el aleluya, se tocan las campanas, toda la comunidad está de fiesta! Con esto, la Iglesia quiere vivir un anticipo de esa felicidad suprema que es-pera compartir con el Resucitado y toda la corte celestial, en la nueva Jerusalén.

El sentido festivo se manifiesta también con la práctica de no proclamar el Antiguo Testamento, sino siempre el Nuevo Testamento y, de manera privilegiada, el libro de los Hechos de los Apóstoles. Recordemos que toda la antigua Alianza era sólo preparación, y la cincuentena pascual celebra, en cambio, la inauguración del reino de Dios.

La alegría pascual surge al percatarnos de que podemos pasar de una vida oscurecida por el pecado a una vida admirable, maravillosa, que será nuestra vida para siempre, en la casa del Padre celestial. Brota de la certeza de que Cristo está vivo, que actúa y va delante de nosotros, enseñándonos a vivir desde el amor y la alegría.  Pero esta alegría no es sinónimo de hedonismo, ni de consumismo, ni de goces superficiales y pasajeros.  Estamos alegres porque Él venció toda obra del mal, y así como Él resucitó, nosotros también resucitaremos.  Esta es la base de nuestra fe: creer en la obra de redención de nuestro Dios y salvador.  Seamos, pues, testigos de este gozo pascual.

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