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La familia esperanza de la humanidad

«El Creador, desde el comienzo, los hizo varón y mujer, y dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne» (Mt 19, 4-5). «De manera que —añade Jesús— ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19, 6). Esta es la verdad sobre el matrimonio, sobre la que se funda la verdad de la familia. Aquí se halla el secreto de su éxito y, a la vez, la fuente de su misión, que consiste en hacer que resplandezca en el mundo un reflejo del amor de Dios, uno y trino, creador y redentor de la vida.

La familia es esta particular y, al mismo tiempo, fundamental comunidad de amor y de vida, sobre la que se apoyan todas las demás comunidades y sociedades. De hecho, a través de la familia, toda la existencia humana está orientada al futuro. En ella el hombre viene al mundo, crece y madura. En ella se convierte en ciudadano cada vez más responsable de su país y en miembro cada vez más consciente de la Iglesia. La familia es también el ambiente primero y fundamental donde cada hombre descubre y realiza su vocación humana y cristiana. Por último, la familia es una comunidad insustituible por ninguna otra.

La familia es, de modo eminente, “camino de la Iglesia”, que reconoce en ella un elemento esencial e imprescindible del plan de Dios sobre la humanidad. La familia es lugar privilegiado de desarrollo personal y social. Quien promueve a la familia, pro-mueve al hombre; quien la ataca, ataca al hombre. En torno a la familia y a la vida se juega hoy un reto fundamental, que afecta a la misma dignidad del hombre (Cf. S. Juan Pablo II – II Encuentro Mundial: 1997, Río de Janeiro. “La familia: don y compromiso, esperanza de la humanidad”).

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