Espiritualidad

La santidad no es una ideología

MIGUEL ÁNGEL KELLER, OSA

Con frecuencia, hay palabras que todo el mundo usa, pero cuyo significado no es del todo claro o que, en consecuencia, cada uno entiende e interpreta a su manera. Por ejemplo, la palabra ideología, tantas veces repetida (ideología de género, ideologías políticas…) pero que seguramente no cualquiera sabe explicar. ¿Qué es una ideología? ¿Simplemente unas ideas en la cabeza, como parece sugerir su raíz? Claro que tiene que ver con las ideas, suele definirse como el conjunto de ideas propias y características de una persona o un grupo. Pero ¿sólo tiene que ver con las ideas? Las ciencias sociales afirman que las ideologías, además de ideas, implican también sentimientos y emociones, y que además tienen mucho que ver con la práctica y la conducta personal y social. 

Como suele decirse, una imagen vale más que mil palabras. Y hay una imagen muy adecuada en este caso. Una ideología es como unas gafas con cristales de un color determinado que se coloca una persona. Si el cristal es rojo o verde, la persona verá todo así: rojo o verde. El problema es que entonces no se ven las cosas como son realmente. Un versillo irónico de la época clásica lo expresaba así: “En este mundo traidor, nada es verdad o es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”…

El cristianismo no es una ideología, y las ideologías religiosas –dice Francisco- mutilan el corazón del Evangelio, porque tienen una visión parcial del mismo, fijándose solamente en lo divino, eterno y espiritual o en lo humano, temporal y social. Algo que ha falsificado y sigue falsificando la vida cristiana, como explica claramente el Papa: 

“Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron San Francisco de Asís, San Vicente de Paúl, Santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario.

También es nocivo e ideológico el error de quienes viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. O lo relativizan como si hubiera otras cosas más importantes o como si solo interesara una determinada ética o una razón que ellos defienden. La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte. No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (Francisco, Gocen y alégrense, GE 100-101).

Por ejemplo, ante la situación de los migrantes, “algunos católicos afirman que es un tema secundario al lado de los temas «serios» de la bioética. Que diga algo así un político preocupado por sus éxitos se puede comprender; pero no un cristiano, a quien solo le cabe la actitud de ponerse en los zapatos de ese hermano que arriesga su vida para dar un futuro a sus hijos. ¿Podemos reconocer que es precisamente eso lo que nos reclama Jesucristo cuando nos dice que a él mismo lo recibimos en cada forastero (cf. Mt 25,35)” (GE 102).

La santidad no es una ideología, el cristiano no mira la realidad solamente desde el punto de vista religioso o desde el punto de vista social. La mira como Jesús, con ojos de buen samaritano, expresando la fe en Dios en el compromiso con los hermanos que sufren. Separar el leño vertical (hacia Dios) del horizontal (hacia el hermano) es falsificar ideológicamente la cruz de Cristo.

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