Laicos

La “T” de “tinaquero” y la inmensa “C” de corazón

La ciudad se sentía calurosa y húmeda por lo que mi nieto Jorge Eduardo y su novia Alexandra, decidieron apartarse del bullicio y a la vez sentir un poco de la brisa fresca en otro ambiente así que decidieron tomar el auto y se dirigieron hacia Veracruz. Es un lugar muy cerca-no y sabían de un restaurante situado cerca de la playa y con vista al mar.
Se instalaron en una mesa y ordenaron refrescos y algo para picar. Mientras les servían, conversaron de varios temas y al terminar, cuando regresaban al auto, notaron que algo muy pequeño se movía

en la arena entre ramitas y hojas secas. Se acercaron y vieron que se trataba de un bebé pero de un bebé canino de apenas unos días de nacido.
Era un perrito callejero al que no le cabía una pulga más. Las garrapatas se disputaban con ellas los pocos lugares en su cuerpecito para extraer lo poco que le quedaba de sangre. Ya tenía muy pocos pelos y el pobre gemía de forma lastimera y casi no se podía mover.
Pero ya no había vuelta atrás… “Mario”, como después lo nombraron, había tocado sus corazones. Cuidadosamente lo tomaron y se lo arrebataron a la parca.
Era domingo y rápidamente se dirigieron a la ciudad de Panamá y consiguieron la dirección y número telefónico de una clínica veterinaria que por suerte estaba disponible ese día.
El médico, al ver las condiciones del animalito, frunció el ceño pero como buen profesional, puso inmediatamente manos a la obra. Le aplicó venoclisis para fortalecerlo y para matar los parásitos.
Allí durmió y al día siguiente le aplicó otras. Al tercer día, le puso las últimas pero los cuidados médicos continuaron por varios días.
Bueno, “Mario” ya tiene 5 meses pero yo lo conocí la noche de Navidad.
El perro, que aunque de raza “callejera”, está creciendo con buena salud y con mucho amor. Ya es parte de toda la familia. Tiene su piel sana y cubierta de pelos lustrosos. Nada de parásitos y es cariñoso pero cuida como un león.
Ahora duerme con aire acondicionado y en su propia camita; mira la TV en el sofá en medio de los dos, pasea en el carro, come las mejores viandas caninas, visita periódicamente al médico, lo visten con ropas según la ocasión y cuando lo llevan a la Cinta Costera, no se amilana ante sus congéneres que se cruzan con él aunque sean de pura raza.
Posiblemente, los dueños de estos verán a mi nieto y a su novia con escepticismo porque a “Mario” siempre se le seguirá notando la “T” de “tinaquero” pero lo que nunca podrán ver es la inmensa “C” de corazón que Dios les ha marcado a ellos de manera permanente e invisible.

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