Espiritualidad

María, modelo de santidad

P. MIGUEL ÁNGEL KELLER, OSA 

“Espero que estas páginas sean útiles para que toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad. Pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentémonos unos a otros en este intento. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar”, (Francisco, Gaudete et exsultate, GE =  Gocen y alégrense, Exhortación Apostólica sobre la llamada universal a la santidad, 19 marzo 2018. n.177).

Así termina el Papa su reflexión sobre la santidad cristiana que hemos estado comentando desde hace meses, y que vale la pena releer y meditar. Y ya al final quiere insistir en el sentido cristiano del discernimiento, que “no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos”, (GE 175). Claro que son útiles la psicología y las ciencias humanas, pero el discernimiento supone algo más: la visión de fe, la ayuda del Espíritu Santo y la puesta en práctica generosa de la voluntad de Dios.

“Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo, también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver el discernimiento”, (GE 175). 

Dios lo pide todo, pero también lo da todo, para que seamos capaces de realizar nuestra vida en plenitud. Y el ejemplo de ello al que acude Francisco es la misma Virgen María: “Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…»” (GE 176)

El Concilio Vaticano II termina su Constitución Dogmática sobre la Iglesia (“Lumen Gentium”) proponiendo a María como la mejor cristiana, tipo y modelo de la Iglesia. Ella acompañó a Jesús siempre, desde Belén al Calvario, es la madre de la Iglesia, que también es virgen madre: virgen por la integridad de su fe y madre que engendra en el bautismo a los hijos de Dios. la verdadera devoción a María –afirma también el Concilio-  no consiste en una vana credulidad ni solamente en una serie de piadosos ejercicios, sino en la fe y el amor que se manifiesta en la imitación de sus virtudes.

Así mismo, Francisco finaliza su Exhortación apostólica sobre la santidad cristiana proponiendo como modelo a María. Mujer pobre y sencilla, como “los santos de la puerta de al lado”, llena de gracia y de fe, dócil al Espíritu Santo, que vivió fielmente las bienaventuranzas, se alegró en el Señor, se mantuvo en actitud orante y contemplativa, aceptó el sufrimiento y el dolor, se preocupó de ayudar a todos, supo discernir y aceptar siempre la voluntad de Dios, sin perder la esperanza ni dejar enfriarse el amor en los momentos más difíciles de la vida. 

La Iglesia la proclama bendita entre las mujeres, ella se confiesa humilde sierva del Señor, los cristianos la veneramos y buscamos su maternal protección. Y descubrimos en ella un modelo real y práctico de santidad cristiana que nos recuerda el camino por el que debe transcurrir nuestra vida. Eso es lo que el Papa Francisco deseaba al escribir este texto: “No es de esperar aquí un tratado sobre la santidad, con tantas definiciones y distinciones que podrían enriquecer este importante tema, o con análisis que podrían hacerse acerca de los medios de santificación. Mi humilde objetivo es hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades. Porque a cada uno de nosotros el Señor nos eligió «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4). (GE 2) 

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