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Rafael en el Tabor

Han pasado quinientos años. El día 6 de abril de 1520 moría en Roma Rafael de Urbino. Aquel día cumplía treinta y siete años de edad. Como presidiendo el túmulo, colocaron la gran tabla de la Transfiguración, en la que estaba trabajando por encargo del cardenal Giulio de’ Medici. Según Vasari, solo “el ver el cuerpo muerto y aquella obra viva hacía estallar el alma de dolor”. 

Hoy contemplamos el cuadro de la Transfiguración de Jesús, pintado por Rafael y completado por Giulio Romano, que se conserva en la Pinacoteca Vaticana. En él se refleja la dialéctica entre el monte y el valle. En el monte Jesús se encuentra con la luminosa realidad de Dios. Al bajar del monte, se encuentra con la dolorida realidad de lo humano. El niño epiléptico y su padre reclaman su atención y su compasión. 

  En el plano superior se encuentra Jesús, como flotando en el aire, flanqueado por Moisés y Elías. Todo es paz y armonía. En el plano inferior reina la agitación. Un hombre sostiene a un jovencito. Los discípulos discuten con los escribas. La figura central de la Fornarina, que Rafael ya dejaba inmortalizada varias veces como la Madonna, invita a mirar a lo alto. Su gesto indica a los disputadores que la salvación no viene de sus libros y de sus acerados argumentos. Solo de Jesús puede venir la esperanza.    

  El artista y los que le orientaron sabían bien que el monte y el valle se complementan. Jesús ha subido al monte y allí ha mostrado a los discípulos el fulgor de su divinidad. Pero a continuación desciende de nuevo al valle para descubrir cómo sus discípulos se enfrentan con las miserias y dolores de la humanidad. En el monte se presenta la gloria del Señor. En el valle sigue todavía vigente el poder del espíritu del mal (Mt 17,1-21). 

La tradición sitúa a Jesús en el monte Tabor. Desde allí vislumbraba proféticamente el monte Calvario, como escribió monseñor Fulton J. Sheen. La contraposición entre el monte y el valle revela la identidad de Jesús. En el monte el Mesías oye la voz de Dios. Pero en el valle escucha el lamento del hombre. 

En el monte resuena la palabra de la vida. En el valle se retuerce alguien amarrado por el espíritu de la mudez. No hay palabras que valgan cuando está lejos la Palabra que redime. El tiempo dedicado a la contemplación no puede alejar al hombre del tiempo que exige la compasión. 

Rafael había nacido un día de viernes santo. Y murió en la noche de otro viernes santo, hacia el amanacer del sábado. Como si hubiera subido a su Tabor, en su última pintura imaginó él una plácida aureola de luz y un convulso amasijo de claroscuros. La gloria del Señor y la miseria dolorida de lo humano. El misterio de la vida y la esperanza.

José-Román Flecha Flecha

 

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