editorial

Mes del Migrante y Refugiado

Cada vez más, aumenta el número de mujeres que abandonan a sus hijos y su vida de familia para buscar los medios de poder proporcionar los recursos que necesitan para vivir más dignamente, es ver el sacrificio de tantos estudiantes que se exilian para asegurar, no sólo su futuro personal, sino también un trabajo de calidad para el futuro de su familia, de su terruño.

Hoy no se puede ignorar los desplazamientos humanos, porque la realidad migratoria en nuestro país, como en el mundo, es fomentada por la brecha cada vez mayor entre países ricos y pobres. Así quien asume la condición de migrante o refugiado no solo cruza el espacio  físico del campo a la ciudad, entre ciudades, o de una frontera entre países. Sino que cruza la frontera de su propia dignidad, buscando con esperanza de mejorar su nivel de vida, así como el de su familia.

Esta dolorosa realidad que vemos en el desarraigo, la soledad, y en muchos casos la desintegración de la familia, nos deberían motivar a desarrollar una actitud de misericordia cristiana, donde haya dolor-consuelo; desarraigo-integración; sociedad-amistad; indiferencia-solidaridad; explotación-ejercicio de sus derechos. 

Como cristianos debemos dar una respuesta creativa y dinámica, ya que el fenómeno de la movilidad humana nunca es el mismo. Por eso, somos todos llamados a ser discípulos y misioneros, ayudando, por ejemplo, a conocer los instrumentos legales que un migrante tiene como sujeto de derechos y deberes, visualizando sus problemáticas, sin ser objeto de mal trato, discriminación, racismo o xenofobia.

Nuestras diferencias deben crear unidad en la diversidad, ellas deben ser fortaleza de nuestra riqueza como manifestación de la presencia de Dios en el mundo, “a imagen y semejanza suya”.

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