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Muerte, ¿dónde está tu victoria?

La muerte de Jesús es un hecho histórico, atestiguado por muchas personas que la presenciaron: algunas eran de sus amigos, como su Madre, un grupito de valientes y el apóstol Juan, otras fueron de sus adversarios. El mismo Pilato, quien había pronunciado la condenación, mandó llamar al capitán romano encargado de la ejecución para que le confirmara de la muerte tan rápida de Jesús.

La sepultura es otro hecho histórico sólidamente comprobado. Los evangelio han retenido hasta el nombre del judío que reclamó el cuerpo de Jesús. Se llamaba José de Arimatea, miembro del Sanedrín, pero uno de los buenos que no estaba de acuerdo con el crimen de sus compañeros.

Todo parecía ser el punto final del “caso Jesús”. Así pensaba Pilato, con gran alivio, y los jefes judíos, con una satisfacción diabólica. Así también pensaban los discípulos, con desilusión y gran tristeza. Pero no fue así! El Evangelio no termina con la muerte de Jesús. Porque pasó algo después. Mateo, Marcos y Lucas escribieron un capítulo más cada uno, y Juan escribió dos, para anunciar la noticia más sensacional de todo el pasado, el presente y el futuro de la humanidad: la Resurrección del Señor.

En primer lugar nos dicen que el sepulcro de Jesús fue hallado abierto y vacío. Pero hacía falta otro elemento para explicar la ausencia del cuerpo. Ese otro elemento consiste en las apariciones del Señor vivo.

Las manifestaciones del Señor Jesús fueron hechos momentáneos, misteriosos, pero reales. Se hacía presente en cualquier lugar donde estuvieran sus discípulos.

La reacción de los que lo veían era siempre la misma: primero la sorpresa, luego la duda, por fin la certeza: “¡Es el Señor!”.

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