Espiritualidad

Nacimiento de Cristo es mi nacimiento

El chiquitín ha venido en medio de la noche callada. En un silencio total. En una soledad absoluta. Sólo su joven Madre y el bueno de José, a la luz de una lámpara de aceite, contemplan la carita celestial del recién nacido. En medio de tanta pobreza y humildad, están gozando como no ha disfrutado hasta ahora nadie en el mundo.

¡Mi niño!, grita María mientras le estampa enajenada su primer beso… -¡Qué lindo, qué bello!, exclama extasiado José. Entre tanto –vamos a hablar así–, Dios no se aguanta más. Tiene prisa por anunciar a todos el nacimiento de su Hijo hecho hombre, y manda a sus ángeles que lo pregonen bien. Se avanza un ángel y desvela a los pastores, mientras les grita con alborozo:

– ¡Os anuncio una gran alegría! ¡Os ha nacido en Belén un salvador! Se rasgan entonces los cielos, aparece todo un ejército de la milicia celestial, que van cantando por el firmamento estrellado: – ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres amados de Dios!…

A este Jesús, le felicitamos de corazón: -¡Cumpleaños feliz! ¡Por muchos años! ¡Por años y por siglos eternos!… Hasta aquí, todos de acuerdo, ¿no es así? Pero, ¿es verdad que nos podemos felicitar también nosotros, y que nos felicitamos de hecho nuestro propio cumpleaños?… Tiene razón la Iglesia al cantar en uno de los prefacios de Navidad: -De una humanidad vieja nace un pueblo nuevo y joven… Porque el Hijo de Dios, al hacerse hombre, nos hace a todos los hombres hijos de Dios. El nacimiento de Jesucristo en Belén, es nuestro propio nacimiento a la vida celestial. Es nuestro cumpleaños también.

Una felicitación de la que no es excluido nadie, desde el momento que todos somos llamados a la salvación. ¡Felicidades a todos! Y que repitamos este cumpleaños, el de Jesús y nuestro, por muchas Navidades más….

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