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No son del Mundo

El cristiano al igual que Cristo debe vivir en el mundo sin ser del mundo. No se trata de vivir alienado de la realidad, sino luchar por no permitir que el mundo nos contamine con sus inmundicias.

Roquel Cárdenas

La palabra Mundo se usa para designar varios aspectos, en primer lugar, el universo creado por Dios al principio o la expresión el cielo y la tierra.

«El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por manos humanas», Hechos, 17,24.

Por otra parte, además del concepto de creación, también se usa para designar el área donde se desenvuelve la actividad humana. Es lo que hoy día llamamos el hábitat del ser humano y todo lo que el contiene, sobre todo en su aspecto de construcción humana o lo que llamamos la gloria humana.

«Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria», Mateo 4,8.

En ese sentido de gloria pasajera que no es comparable a la Vida Eterna que Dios nos tiene preparada, se dirige la llamada de atención de Jesús en cuanto a la excesiva importancia que le damos a la vida presentes y los bienes efímeros que nos ofrece.

«Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma?», Mateo 16, 26.

Nos encontramos con una ambigüedad fundamental con respecto al concepto de mundo. En primer lugar, se refiere todo lo que surge del acto creador primigenio de Dios y que es esencialmente bueno y da testimonio de la existencia y la bondad de un Dios creador. 

«Pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables», Romanos, 1, 19s.

La gloria pasajera no es comparable a la Vida Eterna que Dios nos tiene preparada.

Por otro lado, se refiere este mundo que al igual que el hombre que sigue siendo bueno esencialmente, está herido por el pecado y por lo tanto el demonio es capaz de ejercer cierto poder e influencia sobre él.  

«Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno», I Juan, 5, 19.

«Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron», Romanos, 5,12.

Por esa influencia que el demonio ejerce en este mundo, Jesús lo designa como el príncipe de este mundo.

«Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera», Juan, 12, 31.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en numeral 408, lo define de la siguiente forma:

«Mediante esta expresión que significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres»

Por lo tanto, el cristiano al igual que Cristo debe vivir en el mundo sin ser del mundo. No se trata de vivir alienado de la realidad o desconectado de las necesidades del prójimo, o claudicar en la lucha por la justicia, sino luchar por no permitir que el mundo nos contamine con sus inmundicias.

OJO. Todos debemos estar conscientes que lo que hay en el mundo está para servir a Dios. (Foto Shad Meeg)

«La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo», Santiago, 1, 27.

No estamos llamados a un desprecio de los bienes materiales, ni de lo que hay en el mundo, sino aprender a poner las cosas en su lugar. Lo que hay en el mundo está para servir a Dios. El fin último de nuestra vida es alcanzar la Vida Eterna. Por eso Jesús nos aconseja: «Yo les digo: Hagan amigos con el Dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, les reciban en las eternas moradas», Lucas, 16, 9.

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