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Pentecostés y la Misión de la Iglesia

Marlenis Yángüez

En el día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió con fuerza sobre los Apóstoles; renovándolos interiormente, quitándoles el temor y revistiéndolos de una fortaleza que les dio el valor para anunciar sin temor a Cristo muerto y  resucitado.  Comenzando así la misión de la Iglesia en el mundo, que no  ha dejado de extender la Buena Noticia hasta los “confines de la tierra”, (cf. Hch 1, 8).

Jesús mismo prepara a los Once para esta misión; apareciéndoseles en varias ocasiones después de la resurrección. La misma tarde de la resurrección, «sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 22). Y antes de la ascensión al cielo, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que  aguardasen  la Promesa del Padre”, (cf. Hch 1, 4-5).

Jesús mismo prepara a los once para la gran misión de Evangelizar.

Para acoger el don del Espíritu Santo, Jesús les pidió a los apóstoles permanecer juntos, y así estuvieron con María en el Cenáculo, en una oración prolongada, en espera del acontecimiento prometido, (cf. Hch 1, 14), dándonos así, el ejemplo a seguir para toda la comunidad cristiana, la Unidad de la Iglesia.

Aquel día, muchos no lograban entender cómo hombres sin instrucción ni cultura eran capaces de demostrar tanto valor y de soportar las contrariedades, los sufrimientos y las persecuciones con alegría. Y es que a veces pensamos que la eficacia misionera depende principalmente de una esmerada programación y planificación; aunque el Señor pide nuestra colaboración, antes de cualquier respuesta nuestra se necesita el Espíritu Santo, el verdadero impulsor de la Iglesia.

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