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Derechos, deberes y progreso

José-Román Flecha Andrés

Han pasado ya cincuenta años desde aquel 14 de mayo de 1971 en el que el Papa San Pablo VI publicó su carta  Octogesima adveniens.  Tras mencionar los problemas sociales que presentaban entonces una mayor gravedad, el Papa reflexionaba en la segunda parte sobre las aspiraciones fundamentales y sobre las ideologías que trataban de imponerse en la sociedad.

Según él, hay que reconocer la doble aspiración de las personas a la igualdad y a la participación. En ellas se afirma  al  mismo tiempo la dignidad de la persona humana y su libertad (OA 22).

Para defender y estructurar esas dos aspiraciones, se ha propuesto la defensa de los derechos humanos. Pero, a causa de las injustas discriminaciones étnicas, culturales, religiosas y políticas, esos derechos  son desconocidos y burlados, o se quedan en puras formalidades.

Ni el Estado ni los partidos políticos pueden imponer una ideología.

 Además de los derechos, se han de recordar los deberes de cada uno de cara a los demás. Ahora bien, el sentido y la práctica del deber están condicionados por el dominio de sí, así como por la aceptación de las responsabilidades y los límites de la libertad de la persona o del grupo (OS 24).

Ni el Estado ni los partidos políticos pueden imponer una ideología que lleve a la dictadura de los espíritus. Pablo VI denuncia la ideología marxista, su materialismo ateo. Pero la fe cristiana tampoco apoya la ideología liberal, que estimula la búsqueda exclusiva del interés y del poder (OA 26).

El Papa concluye que el verdadero progreso consiste en el desarrollo de la conciencia moral. Esta es la que ha de impulsar a la persona a vivir la solidaridad y a abrirse libremente a los demás y a Dios.  

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