Comunidad

¿Para qué llama Dios?

P. JHASSIR PACHECO 

Hay regalos que esencialmente son para compartir.  Seguramente, alguno de ustedes, ha recibido un regalo que alegra a todos en casa. Cuando, por ejemplo, nos regalan un pastel o galletas, eso no sólo me alegra a mí, sino también a todos en casa, porque lo podemos comer, compartir y disfrutar juntos. 

Algo semejante pasa con la vocación, que es un don de Dios para mí y para los demás. Es un regalo que nos edifica y bendice a todos. Es un don que disfrutamos y compartimos con los otros. Es un acontecimiento de fe, siempre personal y comunitario. 

Es bueno preguntarnos: ¿Para qué sirve la vida sino es para darla? Solamente podemos comprender y aceptar la vocación, si orientamos la vida al servicio de nuestros hermanos. 

Para entregarnos sin reservas al otro, es necesario amar. Cuando amamos a Dios y al prójimo, no sentimos que la entrega de si es una carga, sino por el contrario, es alegría. 

La vocación se encuentra, crece y fortalece en la entrega al prójimo. Esta es la propuesta de Dios, una oferta totalmente opuesta al egoísmo. La vocación desde la fe, es una entrega feliz, plena y gozosa de si mismo a los demás, por amor a Dios. 

La relación del yo con los otros, es clave en la dinámica vocacional. La persona llamada asume una función con tres características: vital, misteriosa y humilde.

Vital: lo vital es lo esencial. Esto supone la dedicación de toda la vida. El que ama no cuantifica, escatima o busca recompensa, sino que ama lo que hace. Su gratificación no está en los resultados, sino en la propia entrega. 

Misteriosa: es la presencia de Jesús en el mundo. Lo misterioso es la dinámica de Dios que nos presenta siempre la novedad, en la sencillez de la vida. Pensemos, ¿En qué persona he visto un rasgo de Jesús? Seguramente vienen a nuestra mente un mosaico de rostros. Este es el misterio, Dios se muestra en rostros concretos y en acontecimientos de nuestra vida.

Humilde: porque va más allá de lo que nosotros podemos dar. Sólo podemos entregarnos totalmente si contamos con un don especial, la fuerza o gracia de Dios. Humanamente encontramos dificultades, pero Dios nos enseña a amar y servir.

En la biblia, encontramos a un joven que comprendió el para qué de Dios, el profeta Samuel. “Samuel era un jovencito inseguro, pero el Señor se comunicaba con él. Gracias al consejo de un adulto, abrió su corazón para escuchar el llamado de Dios: “Habla Señor que tu siervo escucha” (IS 3, 9-10). Por eso fue un gran profeta que intervino en momentos importantes de su patria”. (ChV n.8). El Señor lo llamó a servir.

“¿Para qué lo llama Dios?  Dios llama a Samuel a ser instrumento de unidad para su pueblo. Samuel es un hombre completamente entregado. Toda su actividad no es sino un esfuerzo por entender qué es lo que Dios quiere, para hacérselo saber al pueblo e intentar que lo sienta. Su misión es para todos. La mayor alabanza que el pueblo le hace es que nunca se ha buscado a sí mismo, que siempre se ha entregado al bien de todos”. (Carlos María Martini, La Vocación en la Biblia).

“Muchas veces en la vida, perdemos tiempo preguntándonos: “Pero ¿Quién soy yo? Y tú puedes preguntarte quién eres y pasar toda una vida buscando quién eres. Pero pregúntate: “¿Para quién soy yo? Eres para Dios, sin duda. Pero Él quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades, inclinaciones, dones y carismas que no son para ti, sino para otros”. (ChV n. 286)

Podemos entender el para qué de la llamada de Dios, cuando somos sensibles a la realidad de los demás, como Él es sensible. Esto es entrar en el estilo de Jesús. Aquel que es sensible nos ayuda a servir al otro. Sentir es amar y amar es entregarse a los demás. Samuel al decirle conscientemente sí a Dios, acogió con valentía su misión profética y se entregó al servicio de sus hermanos. 

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