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PROHIBIDO OLVIDAR LA INVASIÓN DE 1989 A PANAMÁ

A 32 años de aquella fatídica fecha cuando Panamá fue invadida por el ejército más poderoso del mundo, es deber del cristiano luchar con el olvido.

Redacción

Hay un afán extraño por olvidar, por pasar la página, por el silencio. Parece que algunos pretenden crear un muro enorme que adormezca el pasado, que lo sepulte para siempre.

El Papa Francisco insiste mucho en que esas ganas tan grandes de olvidar no nacen de otra cosa que del “individualismo que excluye”.

MEMORIA. No solo por los caídos de aquel año fatal, sino por el futuro del propio país, hay que mantener vivo el recuerdo.

Fue una invasión

La Iglesia Católica opta por la memoria, esa que permite aceptarse a sí

Hay quienes al principio jugaron con las palabras, recurriendo al viejo truco de rebautizar lo oscuro llamándolo de tal manera que simule la luz.

Como no resultó aquello de llamarle “liberación” a la irrupción violenta de soldados armados de Estados Unidos al territorio panameño, ahora lo que se busca es echarle tierra al suceso, dejar de contarlo, que los niños no sepan, que las generaciones que vienen creciendo, y más aun las que están por venir, no usen la palabra correcta: invasión.

Iglesia, compañera de camino

La institución que estuvo siempre ahí, al lado de la cama del herido, dando abrigo al desamparado y consuelo al doliente, fue la Iglesia Católica.

En aquellos años se empeñó siempre por tratar de que aflorara la verdad. Que no se dejaran sepultadas las razones, los antecedentes, y en todo caso las verdaderas consecuencias de esos hechos dolorosos.

“La Conferencia Episcopal Panameña señala que los dolorosos acontecimientos iniciados en la madrugada del miércoles 20 de diciembre son consecuencia de la pretensión de separar la soberanía nacional de la popular”, se escribió en este semanario cuan todavía no había disipado el humo que acabó con un barrio entero.

Y se añadió: “Los Obispos alegan, refiriéndose a lo anterior, que no se puede afirmar la primera, mientras se desconoce la segunda, mediante la violación de los derechos humanos, el desconocimiento de la voluntad popular, las detenciones arbitrarias, la práctica de torturas, la ausencia de libertad de expresión, etc.”

Sobre todo, le llamó a la acción armada de Estados Unidos por su nombre, y el hecho quedó registrado así:

“La CEP califica la invasión del ejército norteamericano como un retroceso en nuestra historia nacional y resalta que ‘en estos momentos nos duele la sangre panameña y extranjera, derramada en nuestro suelo: sangre que clama al cielo por la justicia, la libertad, la justicia y la dignidad’ y que nos reclama a todos si hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para evitar su derramamiento”.

NO OLVIDAR. Cada cual guarda su propia memoria de lo acontecido.

Lo del Nuncio

La publicación casi en vivo de lo que ocurría en la Nunciatura, donde el dictador Manuel Noriega se refugió, da cuenta de lo que el Nuncio Apostólico de entonces, monseñor José Sebastián Laboa (Q.E.P.D.) enfrentaba esos días.

“Los ataques contra el Nuncio y la Iglesia Panameña han comenzado a manifestarse de una forma muy dura, por parte de algunos sectores, como consecuencia de una falsa información transmitida por una cadena internacional de televisión que atribuyó al Nuncio el haber ido a buscar a Noriega, a un local comercial, e introducirlo en la nunciatura”, aparece regitrado en la publicación.

Y sigue: “A pesar de que el hecho fue desmentido, el efecto que produjo la falsa noticia ha desatado duros comentarios en contra del Nuncio y la Iglesia Católica Local.  Ni siquiera el hecho dado a conocer después, de que Noriega llegó armado y por sus propios pies a refugiarse en la representación del Vaticano han atenuado los ataques”.

Una afirmación interesante aparece publicada, que retrata de cuerpo entero a la Institución eclesiástica que nunca le dio la espalda al pueblo con el que comparte camino:

“En los últimos dos años la sede de la Nunciatura Apostólica ha servido de refugio a varios panameños de diferente estrato social, económico y político, entre los cuales se incluyen al exsecretario del Sindicato de Trabajadores del Instituto de Recursos Hidráulicos y Electrificación, Isaac Rodríguez; al propio presidente Guillermo Endara Galimany; y actualmente al general Noriega”.

LLAMAS. Testigos aseguran que el fuego empezó en la casa número 1 de la calle 25, como a las 7:00 a.m.

El Chorrillo

Un tema que sigue siendo una herida abierta es el del incendio que acabó con el barrio mártir de El Chorrillo.

Las versiones fueron diversas, aunque todas coinciden en el hecho de que el párroco de la Iglesia Nuestra Señora de Fátima, ubicada en el corazón de las calles que fueron consumidas por el fuego, Fray Francisco Javier Arteta, fue un “compañero de camino y de sufrimento” en aquellas horas difíciles.

“Cuando el barrio de El Chorrillo se vio debastado por la invasión, Fray Arteta no cesó en salir a las calles para asistir  a los parroquianos y también para devolverle la esperanza, a través de la eucaristía y la oración”, se indica en el comunicado de la Arquidiócesis fechado el 16 de diciembre de 2018, anunciando que el fraile había muerto en Guatemala.

Un relato de los hechos vividos del 20 al 27 de diciembre por los residentes del barrio de El Chorrillo fue preparado por testigos presenciales, quienes aseguran que unas 10,000 personas se encontraban en las áreas de la Iglesia, del hogar y del comedor que mantienen los Padres Mercedarios en el lugar, y que abarca las calles 26 y 27 de El Chorrillo.

“Es importante pedir a Dios la gracia de la memoria. Cuando estamos bien, lo tenemos todo a mano, espiritualmente estamos bien, existe el peligro de perder la memoria del camino”, dice el Papa Francisco

Exponen en el relato que las personas se acercaron a la Iglesia, como a las 1:30 de la madrugada del miércoles 20, por considerarla un lugar seguro, que no sería atacado por ningún bando. 

También manifiestan que fue una larga noche, que no contaban ni con luz ni teléfono, y que se oían fuertes disparos que acrecentaban el desconcierto lo que se vivía.

“Muchas personas -siguen diciendo- caen mareadas por los sobresaltos: han llegado a la Iglesia sorteando las balas disparadas alocadamente y sin objetivo por los batallones de la dignidad”.

El relato añade que hubo bastantes heridos por balas, y que diez de ellos fueron atendidos por Sor Milagros (una religiosa del lugar), algunos de los cuales eran de los batallones de la dignidad; los más graves, que necesitaban atención hospitalaria, fueron entregados a las tropas americanas.

EL DICTADOR. Salió de la Nunciatura para ser llevado a una cárcel en Estados Unidos.

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